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    Yo ya me quedé contigo cuando ni estabas
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    Amar es ser verbo en todos los tiempos
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    Quieta, la noche/ versa amores calmos,/ suspira en paz

Jorge Galán

 

   Nació en San Salvador, en 1973. En septiembre de 2016, el consorcio estatal español Casa de América le adjudicó el premio homónimo por su obra "Bajo la interminable noche de noviembre".

 

   La herencia

 

Han pasado quinientos años, y un poco más

y sigues erguido en la neblina. No logras entender

el sonido del río que crece como un niño a los doce años

y se vuelve un hombre tendido sobre la superficie

de las piedras, y se pone de pie

y salta al abismo y cae de pie y sigue y sigue

hasta encontrar el mar, que es una casa siempre.

Sé que no comprendes el peso de los inmensos árboles

ni ves el brillo de la obsidiana

romper la oscuridad del aire, ni escuchas

el grito de la breve esmeralda

ni sientes la vibración del bisonte por la interminable pradera,

el bisonte cuya pezuña jamás puede destruir el color rojo

de las pequeñas insignificantes flores.

No comprendes la belleza de lo inexplicable. El ruido

de lo genuino, donde no existe el hombre.

Tu lengua no es mi lengua, las palabras

son semejantes pero no los significados.

Te he visto mirarme quinientas veces, pero mírame

una vez más, obsérvame erguido frente a la claridad del mediodía,

frente a la tormenta de nieve, no soy un visitante del mundo

soy el mundo,

y soy el viento del norte

envilecido al rozar las inclinadas cabezas

de los habitados por la oscuridad y la muerte.

No soy tu descendencia. Tu padre

no es mi padre ni tu madre es la hija de mi madre,

pero nada es distinto en la brisa de la tarde para nosotros,

el fuego de la lámpara no es más bello que el fuego de la fogata,

la bellota no es más hermosa que la concha marina

ni la laguna que una mano llena de fango.

Cuando se cuenta el cuento de la creación,

el instante de inicio es el mismo

en cualquiera de las lenguas que conocemos.

En la profundidad de las aguas, no hay un centro posible

ni un final en el viento, donde todo retorne.

He visto palomas de neblina vagar entre tus largos edificios,

he visto miles de hombres cayendo en una sola tumba

y flores que nacían sobre ella, y venados

comiendo de esas flores, y lluvia, y barcos en la lejanía,

y luego un páramo desolado y sombrío, y alguien más

andando de espaldas para siempre, he visto

y he callado, por eso ahora besa mi labio sin amor

y comprende a qué sabe la inmensidad

donde el acantilado y el  cielo no poseen ninguna diferencia.

 

 

   El olor del café

 

El olor del café viene de abajo, de ahí donde un perro

ladra a la oscuridad, no hay nadie ahí,

eso quiero creer pero no importa,

el viento se ha aquietado, las aves

no han vuelto con la tarde,

el silencio ha crecido en las paredes

como un mapa del cielo, todo acaba y empieza,

no obstante, la tristeza es la misma,

por ello, confundido, me asomo al mundo,

es nuevo, y sin embargo nada

me parece distinto o más hermoso.

Me siento en el balcón y observó la ciudad,

oscurece, el frío suelta sus trineos,

la oscuridad se mueve, dentro de mí la siento,

de pronto avanza en mí como otra sangre.

Nada parece estar con vida. Los edificios

parecieran vacíos. Las calles,

como ríos que se volvieron látigos

debido a la sequía, se estrellan en la espalda del viento.

De lo que debía venir nada viene, salvo el aroma

del café que me hace pensar en la otra casa,

en el olor de la vainilla, en el lujo

de unos zapatos nuevos, en las voces alegres de los tíos

y el calor de la madre y al beso de la madre

y el padre de mi madre, y el dolor que crecía

entre todos nosotros como una gran penumbra

y a toda la claridad de esa penumbra, a todo eso

vuelvo a través de esta inútil memoria,

cuando veo sin quererlo hacia atrás, hacia el centro

de ese paisaje de árboles raquíticos

donde no queda bosque, ahí donde las épocas del mundo

se volvieron memoria de la dicha

para dejarnos solos.

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