• @monarcamanni
    Cada quien/ le escribe/ a la sed/ que le sostiene
  • @_Annai_
    Precipitado/ los lugares expandes/ beso callado./ Todo el cielo nos llama/ con su alma de montaña.
  • @Anadimeana
    Mira cómo viene la tarde: descalza de voz, vestida en agua y viento
  • @magiamorena
    Un adiós sin maquillaje
  • @carinaldad
    El silencio respira tu perfume
  • @franc_murcia
    La literatura es una infusión de sueños
  • @Indephinida
    Mi niña interior juega con los sueños que yo misma he roto
  • @DeseosCulpables
    Es agotador escribir de amor, y no hacerlo
  • @amanecerdemar
    Hay silencios que sustentan la vida de todas las palabras...
  • @SimoneBella7
    Soy un cuerpo de mil caminos para su tinta desnuda
  • @Luzsoldepapel1
    Día cenizo/ entre la llovizna/ el pájaro afina
  • @danielatome
    La vida y sus dientes de sable y mis ojos, que no terminan de resignarse

Javier Bozalongo

   Nació en Tarragona, en 1961. Los poemas que siguen fueron tomados de su espacio en internet, http://www.javierbozalongo.com/index.php

 

   A comienzos de septiembre asistió al Festival Luna de Locos en Pereira, Colombia.  

 

    NORMALISTAS

 

               A mis hermanos mexicanos

 

En todos los relojes resuenan una a una

cuarenta y tres campanas que hacen de la jornada

un desfile de interminables horas.

 

Ya nadie reza en las iglesias.

 

Hoy los crucificados

ocultan con las manos su mirada

en un gesto de rabia y de vergüenza.

 

Los creyentes no les ofrecen velas

a los que fueron santos predilectos

y las llamas se elevan en mitad de la noche

buscando iluminar una certeza,

tratando de agrietar

un silencio más cómplice

que la peor mentira.

 

Quien carece de sueños se queda sin futuro.

Quien niega a sus maestros un pedazo de tiza

niega a sus propios hijos

la posibilidad de una pizarra

donde escribir “mañana”.

 

   Tarragona

 

En la ciudad sin puertas

las ruinas de mi infancia

nunca fueron romanas.

En el anfiteatro

de mis jóvenes años

las piedras saben más

de lo que yo recuerdo.

Subir a tocar ferro

fue después la rutina

que animaba las tardes

al terminar las clases:

era la eucaristía

que juntos celebrábamos

los miembros de distintas religiones.

Un solo dios: el mar,

al que adorar en lenguas diferentes

mientras el sol, aliado con la piedra,

daba cuerda al reloj

que adelantaba el tiempo de marcharse.

 

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