• @jex_javier
    El eclipse del lector es su imaginación
  • @isona_clarck
    Me gustan los lugares deshabitados por promesas sin salida
  • @EvaLopez_M
    La de cosas que pasan sin que ocurran
  • @hipst_eria
    No es lo que escribes, es lo que borras
  • @JacGoldberg
    El horror salivea en nuestra nuca
  • @Sofia_Insomnia
    Los herejes tenemos que organizarnos
  • @Sinsintidez
    A los tristes los delata la música
  • @yonosoycarmen
    Irse por fuera, quedarse por dentro, esa complicación
  • @NaEnEspiral
    Aquí, donde venimos a disfrazar epitafios con el traje de postal
  • @_soloB
    Yo he dormido lo insuficiente como para no tener pesadillas despierta
  • @tearsinrain_
    No te asustes, solo es otro futuro mas
  • @arbolador
    Algún día se perdonarán haberse conocido

Maurice Echeverría

 

   Nació en Ciudad de Guatemala, en 1976. Estudió Filosofía y Letras. Es también narrador. En julio de 2016 se adjudicó el premio de poesía Luis Cardoza y Aragón, que organizan la embajada de México en Guatemala y el Fondo de Cultura Económica.

 

   Hay el día en que la madre muere

Hay el día en que la madre muere.
Hay el día de las cortaduras
de las estructuras estamentales.
Hay el día para el vuelco
patológico de todos los dados.
Hay el día–caja.
Hay el día de los pájaros
que migran borroides, sin hígado.
Hay el día en que la madre muere:
debajo de una lechuza,
entrelazada con lo plástico.
El útero se rompe cuando ella expira.
Somos membrana, pero los cuchillos gravitan.
Viviremos hacia afuera, químicamente,
antiángeles, oleaginosos.
Hay el día lacerante.
Hay la laceración.
Habrán lacerados, tremolando los últimos
ovarios, plañendo a la Progenitora,
que se convertirá en comida
-para cientos de gusanas.

 


   No pienses ni por un instante que eres uno

No pienses ni por un instante que eres
uno, porque entonces olvidas al oblicuo,
al otro hombre que eres
y que come de tus actos,
elemento de todas tus sangres
y puerta de tu sombra,
con sus cuatro bocas que son dos y un ojo
en la noche.

Helo allí, devorando tu pecho
parpadeante mientras haces cola
en los blancos supermercados,
surgido mientras ves aplacado la televisión,
o nacido del modo en que te lavas angustiado los dientes.

Escucha: un día no serás tú quien vaya otra vez
por la ciudad: será él,
y no será la paloma la que vaya entonces volando:
será la otra, y los entierros ya no serán
los nuestros, y los gritos serán terceros,
y el lucido alcohol habrá muerto
para un alcohol enajenado, ¿entiendes?

Y lo mismo dará que yo te lo diga,
porque yo también habré sido por entero secuestrado,
celularmente, por esa criatura con mi mismo rostro,
que ahora cabal me está robando las palabras
con que escribo este irreconocible poema.

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