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Silabeando la tiniebla (IV)

 

   Poemas para Jorge Luis Borges 

 


   ENRIQUE MOLINA

 

   Borges (fragmento)


Durante años y años Borges estuvo presente como un alto

pino o un rosal cubierto de nieve

cuyo interior fuera un fuego impasible, una llama cristalizada,

un vértigo nacido de la indescifrable condición del universo.


*


Años y años su mano salía de las nubes

para trazar en el cielo las constelaciones de la imagen,

pero no seguido por las furias o las bellas bacantes de la

transgresión

sino con la mirada infalible de alguien que mide por

milésimos el peso de una flor, certezas y sueños,

aunque su certeza era la duda infinita, el poderío de la ola

cada vez más lejos hacia nada.


*


Textos exactos como diamantes mentales

intercalados entre una esquina de arrabal y un versículo de la

Cábala,

nítidos, de una acuidad casi cruel

porque las cosas en el fondo de la ceguera ya casi no

pertenecen al mundo sino al lujo mental.


*


Después del relámpago y del amor, después de la aventura

incesante de su espíritu, como el más insólito azar de sus

conexiones con el absurdo y el tiempo,

él, que imaginó a Buenos Aires como morada final de sus

cenizas, yace en un cementerio de Ginebra junto a

Calvino, por la eternidad.

Los dos grandes herejes como los fuegos de una galaxia del

fervor, lo indomesticable y la más altiva disonancia

en la sordina de un mundo falsario, invadido por los sofismas

de la razón.

Calvino baila en la veleta del campanario. Borges bebe el

agua del horizonte, acaricia un gran tigre de hexámetros y

su voz es de pronto una revelación que dice:

“El trágico universo,

este sueño: mi destino”.

 

(De “Orden terrestre, obra poética 1941-1995”, Seix Barral, Biblioteca Breve, Buenos Aires, 1995. Enrique Molina nació en Buenos Aires en 1910 y murió en esa misma ciudad, en 1997. Es considerado uno de los grandes representantes del surrealismo en la poesía argentina).

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