• @martamj32
    Eres el primer lugar donde me buscaría
  • @annablue22
    El espejo intacto y nosotros rotos
  • @Hora_Teta
    Algo no va bien y yo voy dentro
  • @sirena_sinmar
    Vivir para regalar flores a los vivos
  • @mikhailenko
    La madrugada es un género literario
  • @ferxdexleon
    Solo con música se le concede a la palabra su breve deseo de muerte
  • @MarilarAlei
    Mi silencio también quiere estar contigo
  • @aquinomires
    Avisadme cuando abrir los ojos merezca la pena
  • @morganfredman
    Llueve como narrando algo. Lluvia ciega.
  • @aliferod
    Con las ganas de irte no te quedes
  • @lilith19751
    No sé decir lo que beso
  • @Tu_Funamiento
    El tiempo no espera a sus acompañantes

Juan Bañuelos

 

   Nació en Tuxtla Gutiérrez, en 1932.

 

   Donde sólo se habla de amor

 

A los hombres, a las mujeres
que aguardan vivir sin soledad,
al espeso camaleón callado como el agua,
al aire arisco (es el aire un pájaro atrapado),
a los que duermen mientras sostengo mi vigilia,
a la mujer sentada en la plaza vendiendo su silencio.
En fin, diciendo ciertas cosas reales
en una lengua unánime, amorosa;
a los niños que sueñan en las frutas
y a los que cantan canciones sin palabras en las noches
compartiendo la muerte con la muerte,
los invito a la vida
como un muchacho que ofrece una manzana,
me doy fuego
para que pasen bien estos días de invierno.
Porque una mujer se acuesta a mi lado
y amo al mundo

 

 


   El mapa

He mirado la patria largamente.
Se le nota tristeza hasta en el mapa.
Las personas mayores nos explican
que es libre, sin acecho atentísimo de zarpas.
Y a punto estuve de quedarme ciego
porque a la patria la oscurecen llagas,
la pisan botas, se le cierran puertas:
necesaria prisión con calles vigiladas.

Con el sudor de todos levantamos la espera,
pues no hay dolor que dure lo que dura una mancha.
Que sabemos de noches, de sentencias, amigos,
pero también sabemos que llega la mañana.
Despertemos, seamos el metal derretido,
lo que quiera la sed, la tierra trabajada,
lo que quieran las piedras, la sencillez del huerto,
lo que pidan las llamas,
en fin -al fin- la piel abierta en surco.

He visto largamente el mapa.
Pensé en mis hijos. Duele. Y eran todos los niños.
Fui deletreando el nombre de la patria
mientras buscaba dónde, dónde poner los ojos.
Y recordé de pronto algo que sangra:
Mexicano de tierra ensalinada,
desollado haraposo,
comedor de la noche y de las hojas,
catástrofe de costa a costa,
ando buscando a un pueblo,
                  ando buscando a un pueblo.
                                                         Habla.

 

 

 

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