• @SalvadorTannis_
    Lo que sé se lo agradezco al silencio
  • @Innestesia
    Besas como si hubiéramos leído los mismos libros
  • @karlisjar
    ¿De cuántas sinfonías está hecho un aguacero?
  • @fumivora
    Después de la tormenta, un barquito de papel
  • @L0laM0ra
    A cierta distancia nos leemos más cerca
  • @DamaElegante_
    Es bueno tener sonrisas a punto, en la trastienda de los sueños rotos
  • @sweetcamelot
    Un alma inquebrantable se refleja en una dulce sonrisa
  • @noessineso
    Aunque lo imagino,/ lo sueño,/ ese atardecer/ juntos/ fue de otros
  • @jfsounds
    Cual farol quemar/ Las corazas de papel/ Desde adentro
  • @loretosesma
    Porque escribo mejor desde mi herida pero sonrío mejor desde la cicatriz
  • @NegroPermanente
    Sigo anclado en la estación en donde nos dejamos los sueños
  • @Aline_RFagundes
    Probé de la pulpa nueva/ ¿pecaminoso jugo de la historia?/ para que la memoria/ se tejiera de gravedad

Pablo García Baena II

 

   Nació en Córdoba, en 1923. A fines de 2015 se está publicando en España “Mientras cantan los pájaros. Antología poética (1946-2006)”, con edición a cargo de Felipe Muriel.

 

   Amantes

 

El que todo lo ama con las manos

despierta la caricia de las cítaras,

siente el silencio y su pesada carne

fluyendo como ungüento entre los dedos,

lame la lenta lengua de sus manos

el hueso de la tarde y sus sortijas

se enredan en el ave adormecida

del viento. Labra en mármoles de humo

el cuerpo palpitante del abrazo

extenuado cual cervato agónico,

y con el pico frío de sus uñas

monda la oliva efímera del beso.

El que se ama solo, el que se sueña

bajo el deseo blanco de las sábanas,

el que llora por sí, el que se pierde

tras espejos de lluvia y el que busca

su boca cuando bebe el don del vino,

el que sorbe en la axila de la rosa

la pereza oferente de sus hombros,

el que encuentra los muslos del aljibe

contra sus muslos, como un saurio verde

sobre el mármol desnudo e inviolado,

ese que pisa, sombra, desdeñoso

el pavimento de las madrugadas.

El que ama un instante, peregrino

voluble, de flauta hasta los labios,

de la trenza al cítiso, de los cisnes

a la garganta, de la perla al párpado,

de la cintura al ágata, del paje

a la calandria y tras él, silente

va talando el olvido de las mieses altas,

tirso áureos de espigas, leves brotes,

todo un bosque confuso de recuerdos,

y él va cantando, ruiseñor nocturno,

capricho y galanía, bajo la luna.

Y el que besa llorando y el que sólo

sabe ofrecer y aquel que cubre el pecho,

para no amar, de oscuro arnés, sonrisa

y un gerifalte lleva silencioso

devorando su corazón de gules.

Todos, la noche maga con su rezo

los enloquece, clava en sus pupilas

el helor de su vaga nieve negra,

les da a beber rencor entre sus manos,

los hurta en el arzón de sus corceles,

los trae y los lleva como mar en cólera,

coronadas las olas de sollozos,

de cabelleras náufragas, de sangre,

y los devuelve dulces, poseídos,

hasta la playa bruna y solitaria.

 

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