• @xaviermaples
    crepúsculo: el grito del viento se dobla penetrado ya por el silencio
  • @martamj32
    Para penitencia, no cometer el pecado
  • @La__Ella
    Dejaría todo cuanto he perdido por alcanzar lo que me falta por perder
  • @ellemiroir
    Más que saber dónde brotar, saber cómo enraizarse
  • @PinaDuncan
    Todo riesgo esconde, al menos, un aprendizaje y una belleza
  • @soniamude
    Se hizo piel de mis desnudos
  • @LunaPara2
    Hay lugares de donde salgo vestida de nostalgia y con la brújula rota
  • @_vaniailed7
    Es época de repartirnos el frío entre las miradas
  • @ireneparrita
    Leer con los dedos tu piel encendida hasta quemarme
  • @VersoFinito
    Te quiero/ desnuda de palabras/ vestida de silencio/ en la alta pena de mi aliento
  • @danielatome
    Bajar las luces, soplar la música y desvanecerme, suave, como las horas
  • @stainfed
    A pleno sol recorrer los pasos del tiempo

Pablo García Baena II

 

   Nació en Córdoba, en 1923. A fines de 2015 se está publicando en España “Mientras cantan los pájaros. Antología poética (1946-2006)”, con edición a cargo de Felipe Muriel.

 

   Amantes

 

El que todo lo ama con las manos

despierta la caricia de las cítaras,

siente el silencio y su pesada carne

fluyendo como ungüento entre los dedos,

lame la lenta lengua de sus manos

el hueso de la tarde y sus sortijas

se enredan en el ave adormecida

del viento. Labra en mármoles de humo

el cuerpo palpitante del abrazo

extenuado cual cervato agónico,

y con el pico frío de sus uñas

monda la oliva efímera del beso.

El que se ama solo, el que se sueña

bajo el deseo blanco de las sábanas,

el que llora por sí, el que se pierde

tras espejos de lluvia y el que busca

su boca cuando bebe el don del vino,

el que sorbe en la axila de la rosa

la pereza oferente de sus hombros,

el que encuentra los muslos del aljibe

contra sus muslos, como un saurio verde

sobre el mármol desnudo e inviolado,

ese que pisa, sombra, desdeñoso

el pavimento de las madrugadas.

El que ama un instante, peregrino

voluble, de flauta hasta los labios,

de la trenza al cítiso, de los cisnes

a la garganta, de la perla al párpado,

de la cintura al ágata, del paje

a la calandria y tras él, silente

va talando el olvido de las mieses altas,

tirso áureos de espigas, leves brotes,

todo un bosque confuso de recuerdos,

y él va cantando, ruiseñor nocturno,

capricho y galanía, bajo la luna.

Y el que besa llorando y el que sólo

sabe ofrecer y aquel que cubre el pecho,

para no amar, de oscuro arnés, sonrisa

y un gerifalte lleva silencioso

devorando su corazón de gules.

Todos, la noche maga con su rezo

los enloquece, clava en sus pupilas

el helor de su vaga nieve negra,

les da a beber rencor entre sus manos,

los hurta en el arzón de sus corceles,

los trae y los lleva como mar en cólera,

coronadas las olas de sollozos,

de cabelleras náufragas, de sangre,

y los devuelve dulces, poseídos,

hasta la playa bruna y solitaria.

 

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