• @nimarlu
    De tristezas que no dejan costura por reventar y de otros amores impensables
  • @L0laM0ra
    Suelen anidar las ilusiones en la tímida noche buscando la última estrella
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    Lo que nos rompa primero: el olvido o una canción
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    Algunos inundan puentes y ventanas, otros llueven estrellas: cada palabra con su mano vuela
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  • @RecMaria
    El tiempo matará lo que no defiendas
  • @EstebanPerezsan
    Duermes en lo que escribo/ y lees en lo que sueño

Seamus Heaney

 

   Nació en 1939 en el Condado de Derry, Irlanda del Norte, y murió en 2013 en Dublín. Recientemente se lanzó en México “Seamus Heaney. Obra Reunida”, publicada por la colección Tristán Lecoq.

 

    Muerte de un naturalista

 

Durante todo el año el dique de lino supuraba

en el corazón del pueblo; verde y de cabeza pesada

el lino se pudría allí, aplastado por enormes terruños.

A diario chorreaba bajo un sol de justicia.

Burbujas gorgojeaban con delicadeza, moscardones

tejían una fuerte gasa de sonido en tomo al olor.

Había también libélulas, mariposas con lunares,

pero lo mejor de todo era esa baba caliente y espesa

de huevos de rana que, a la sombra de las orillas,

crecía como agua coagulada. Aquí, cada primavera

yo llenaría los tarros de mermelada con gelatinosas

motas para poner en fila en el alféizar de la casa,

y en el colegio, sobre estantes, y esperaría y miraría

hasta que los puntos engordasen estallando en ágiles

renacuajos nadadores. La Señora Walls nos contaría cómo

a la rana padre se le llamaba rana toro

y cómo croaba y cómo la mamá rana

depositaba centenares de pequeños huevos y eso eran

babas de rana. También se podía predecir el tiempo por las ranas

pues eran amarillas al sol y marrones

bajo la lluvia.

Entonces, un caluroso día cuando los campos apestaban

a boñiga de vaca sobre la hierba, las airadas ranas

invadieron el dique de lino; yo atravesaba los marjales

agachado y al son de un áspero croar que no había oído

antes. El aire se espesó con un coro de bajos.

Justo al pie del dique ranas de gordas barrigas sé mantenían alertas

sobre terruños; sus nucas sueltas latían como velas. Algunas saltaban:

el slap y plop eran amenazas obscenas. Algunas se sentaron

dispuestas como granadas de barro, con sus calvas cabezas pedorreando.

Me sentí enfermo, di la vuelta y corrí. Los grandes reyes babosos

se reunían allí para vengarse y supe

que si metía mi mano las babas la agarrarían.

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