• @karlisjar
    Los símbolos nunca callan, así nosotros nos hagamos los sordos
  • @EstebanPerezsan
    Duermes en lo que escribo/ y lees en lo que sueño
  • @marconpi66
    Del amor también se sale, muerto de latidos
  • @fumivora
    Quiero que solo me apuñales a mi
  • @Innestesia
    Besas como si hubiéramos leído los mismos libros
  • @divagandoletras
    Cerrar las ventanas con nosotros fuera. Y quedarnos en el otoño
  • @Claudia_DelSur
    La imaginación nos envuelve en abrazos reales
  • @MeMalcriaste
    También hay errores platónicos
  • @Juansistemico
    Tocará beber de su sonrisa en una foto
  • @Pluriversos
    Cabizbajo no es tan triste si viene un sueño subiendo
  • @cachililiana
    Vengo desterrada de un sueño
  • @nancyeldarjani
    La hora es un compás seguro

Lasse Söderberg

   Nació en Estocolmo, Suecia, en 1931. Desarrolló una gran tarea de traducción, que incluyó a varios poetas latinoamericanos, por los que se declara influido. En junio de 2015 asistió en Buenos Aires al Festival Latinoamericano de Poesía en el Centro.

 

   También el fuego envejece

                                         A Vicente Aleixandre

 

También el fuego envejece.

Solo está, en su nido negro.

Solo está, con alas plegadas

y ojos ciegos, soñando

labios color tigre

y pétalos color verbo.

Ardía de amor y de olvido,

ardía altamente, y ahora

cuando está casi extinguido,

demora un rubor de ascuas

contradiciendo el infame frío.

Porque también la noche llamea.

También el corazón de la serpiente late.

También las cenizas son águilas que vuelan.

 

 

   Habla el pescador

 

Tuve una barca que largo tiempo y con devoción me sirvió.

Ella pastaba luz de estrellas en el mar y mugía alegremente

cuando regresaba a casa. En torno a su linterna bullían mis

pensamientos. Yo, que nada olvido, he olvidado sin embargo

su camino.

 

Tuve una casa que resistió todos los embates del tiempo.

Estaba construida con ladrillos y precaución. El brasero era su

rojo corazón alrededor del cual la familia se reunía. Pero yo,

que nada olvido, he olvidado dónde está ubicada.

 

Tuve una hija que me dio alegría tan refrescante como el

agua en la maceta de barro, esa que he colocado junto a la

puerta a través de la que ella pasó. Yo, que nada olvido, he

olvidado su nombre.

 

Y entiendo que, aunque nada olvide, ahora soy yo mismo

olvido.

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