• @nimarlu
    De tristezas que no dejan costura por reventar y de otros amores impensables
  • @L0laM0ra
    Suelen anidar las ilusiones en la tímida noche buscando la última estrella
  • @monarcamanni
    Lo que nos rompa primero: el olvido o una canción
  • @Anadimeana
    Algunos inundan puentes y ventanas, otros llueven estrellas: cada palabra con su mano vuela
  • @xhuvia922
    Las esponjas del mar borran el horizonte
  • @nancyeldarjani
    El tiempo es un olor cuando llueve
  • @DeNegraTinta
    También te quiero a deshoras
  • @DLobosyQuimeras
    Barcos de papel en dique seco
  • @LaPetit10
    Yo ya no quiero sueños intocables
  • @BlueDement_
    El día que te conozcas, vas a enamorarte de mi
  • @RecMaria
    El tiempo matará lo que no defiendas
  • @EstebanPerezsan
    Duermes en lo que escribo/ y lees en lo que sueño

Lasse Söderberg

   Nació en Estocolmo, Suecia, en 1931. Desarrolló una gran tarea de traducción, que incluyó a varios poetas latinoamericanos, por los que se declara influido. En junio de 2015 asistió en Buenos Aires al Festival Latinoamericano de Poesía en el Centro.

 

   También el fuego envejece

                                         A Vicente Aleixandre

 

También el fuego envejece.

Solo está, en su nido negro.

Solo está, con alas plegadas

y ojos ciegos, soñando

labios color tigre

y pétalos color verbo.

Ardía de amor y de olvido,

ardía altamente, y ahora

cuando está casi extinguido,

demora un rubor de ascuas

contradiciendo el infame frío.

Porque también la noche llamea.

También el corazón de la serpiente late.

También las cenizas son águilas que vuelan.

 

 

   Habla el pescador

 

Tuve una barca que largo tiempo y con devoción me sirvió.

Ella pastaba luz de estrellas en el mar y mugía alegremente

cuando regresaba a casa. En torno a su linterna bullían mis

pensamientos. Yo, que nada olvido, he olvidado sin embargo

su camino.

 

Tuve una casa que resistió todos los embates del tiempo.

Estaba construida con ladrillos y precaución. El brasero era su

rojo corazón alrededor del cual la familia se reunía. Pero yo,

que nada olvido, he olvidado dónde está ubicada.

 

Tuve una hija que me dio alegría tan refrescante como el

agua en la maceta de barro, esa que he colocado junto a la

puerta a través de la que ella pasó. Yo, que nada olvido, he

olvidado su nombre.

 

Y entiendo que, aunque nada olvide, ahora soy yo mismo

olvido.

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