• @_marazi
    Sentimos demasiado como para salir ilesos
  • @HilseCaracas
    Se afiebra el corazón cuando la luna se lleva por dentro
  • @LunaFractal
    Escribir, volver a las andanzas
  • @mediamente
    Los tiempos que corren deberían ser detenidos
  • @NicolasPaulsen
    El monstruo niega su soledad multiplicando los espejos
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  • @sontusnubes
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  • @gensoctavia
    Soy un fragmento de mi asombro
  • @patytemple74
    Con dedos de granizo y largas llamaradas, abriendo mi pecho, mil veces traspasado, malherido
  • @silencioenletra
    Soy de las que empiezan a desvestirse quitándose las cicatrices
  • @annemidi
    Inmigrantes de intimidades heridas somos todos
  • @PedroLuna73
    Soñar es un acto político

Lasse Söderberg

   Nació en Estocolmo, Suecia, en 1931. Desarrolló una gran tarea de traducción, que incluyó a varios poetas latinoamericanos, por los que se declara influido. En junio de 2015 asistió en Buenos Aires al Festival Latinoamericano de Poesía en el Centro.

 

   También el fuego envejece

                                         A Vicente Aleixandre

 

También el fuego envejece.

Solo está, en su nido negro.

Solo está, con alas plegadas

y ojos ciegos, soñando

labios color tigre

y pétalos color verbo.

Ardía de amor y de olvido,

ardía altamente, y ahora

cuando está casi extinguido,

demora un rubor de ascuas

contradiciendo el infame frío.

Porque también la noche llamea.

También el corazón de la serpiente late.

También las cenizas son águilas que vuelan.

 

 

   Habla el pescador

 

Tuve una barca que largo tiempo y con devoción me sirvió.

Ella pastaba luz de estrellas en el mar y mugía alegremente

cuando regresaba a casa. En torno a su linterna bullían mis

pensamientos. Yo, que nada olvido, he olvidado sin embargo

su camino.

 

Tuve una casa que resistió todos los embates del tiempo.

Estaba construida con ladrillos y precaución. El brasero era su

rojo corazón alrededor del cual la familia se reunía. Pero yo,

que nada olvido, he olvidado dónde está ubicada.

 

Tuve una hija que me dio alegría tan refrescante como el

agua en la maceta de barro, esa que he colocado junto a la

puerta a través de la que ella pasó. Yo, que nada olvido, he

olvidado su nombre.

 

Y entiendo que, aunque nada olvide, ahora soy yo mismo

olvido.

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