• @xaviermaples
    crepúsculo: el grito del viento se dobla penetrado ya por el silencio
  • @martamj32
    Para penitencia, no cometer el pecado
  • @La__Ella
    Dejaría todo cuanto he perdido por alcanzar lo que me falta por perder
  • @ellemiroir
    Más que saber dónde brotar, saber cómo enraizarse
  • @PinaDuncan
    Todo riesgo esconde, al menos, un aprendizaje y una belleza
  • @soniamude
    Se hizo piel de mis desnudos
  • @LunaPara2
    Hay lugares de donde salgo vestida de nostalgia y con la brújula rota
  • @_vaniailed7
    Es época de repartirnos el frío entre las miradas
  • @ireneparrita
    Leer con los dedos tu piel encendida hasta quemarme
  • @VersoFinito
    Te quiero/ desnuda de palabras/ vestida de silencio/ en la alta pena de mi aliento
  • @danielatome
    Bajar las luces, soplar la música y desvanecerme, suave, como las horas
  • @stainfed
    A pleno sol recorrer los pasos del tiempo

Marialuz Albuja

 

   Nació en Quito, en 1972. Publicó "Las naranjas y el mar", en 1997; "Llevo de la luna un rayo", en 1999; y "Paisaje de sal", en 2003. Versos suyos fueron integrados a varias antologías. A comienzos de 2015, en su país la colección 2 Alas publicó su obra "El último  peldaño", junto a "La canción de la sopa", del boliviano Gabriel Chávez Casazola (http://www.lapoesiaalcanza.com.ar/index.php/noticias/1620-la-coleccion-2-alas-de-ecuador-reune-a-albuja-y-chavez-casazola).

 

Les temo a las palabras porque no me sirven

porque ignoro de sus intenciones lo voraz

lo prematuro.

Porque me niego a suplicarles

y soy, sin embargo, la esclava que les besa las sandalias.

 

Le temo a la llegada del poema

porque viene rodeado de ausencia

porque sus bordes quebradizos amenazan con desaparecer entre mis manos

porque si lo miro a la cara se deshoja.

 

¿Qué hiciste, madre, para llenarme de palabras?

¿Por qué ya no es posible el silencio?

 

Le temo al cuerpo que no entiende lo que digo.

A su lenguaje atroz le tengo miedo.

A la amenaza persistente de una muerte que no me abandona:

pájaro revoloteando alrededor de las naranjas de la carne

hermosa golondrina que endulzará su lengua con mi néctar.

 

Mi cuerpo se parece al tuyo, madre.

Pero siempre seré hija para ti.

La hija mayor.

Primera en desgarrarte

y en dejarte

nido abandonado a medianoche

descanso en el enorme graderío que no termina

que no calla

que no escribo.

 

 

Le temo al final del poema

a la súbita desdicha en sus ojos

a los vacíos que lo perforan como balas atravesadas en un tronco a punto de caer

a las imágenes mudas que aprietan su cuello

y pululan en mi entorno que no logra desprenderse de ellas.

 

Le temo, madre, a tu angustia

y a las palabras que me enseñaste

porque no son las que quiero.  

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