• @monarcamanni
    Cada quien/ le escribe/ a la sed/ que le sostiene
  • @_Annai_
    Precipitado/ los lugares expandes/ beso callado./ Todo el cielo nos llama/ con su alma de montaña.
  • @Anadimeana
    Mira cómo viene la tarde: descalza de voz, vestida en agua y viento
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    Un adiós sin maquillaje
  • @carinaldad
    El silencio respira tu perfume
  • @franc_murcia
    La literatura es una infusión de sueños
  • @Indephinida
    Mi niña interior juega con los sueños que yo misma he roto
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    Es agotador escribir de amor, y no hacerlo
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    Hay silencios que sustentan la vida de todas las palabras...
  • @SimoneBella7
    Soy un cuerpo de mil caminos para su tinta desnuda
  • @Luzsoldepapel1
    Día cenizo/ entre la llovizna/ el pájaro afina
  • @danielatome
    La vida y sus dientes de sable y mis ojos, que no terminan de resignarse

Marialuz Albuja

 

   Nació en Quito, en 1972. Publicó "Las naranjas y el mar", en 1997; "Llevo de la luna un rayo", en 1999; y "Paisaje de sal", en 2003. Versos suyos fueron integrados a varias antologías. A comienzos de 2015, en su país la colección 2 Alas publicó su obra "El último  peldaño", junto a "La canción de la sopa", del boliviano Gabriel Chávez Casazola (http://www.lapoesiaalcanza.com.ar/index.php/noticias/1620-la-coleccion-2-alas-de-ecuador-reune-a-albuja-y-chavez-casazola).

 

Les temo a las palabras porque no me sirven

porque ignoro de sus intenciones lo voraz

lo prematuro.

Porque me niego a suplicarles

y soy, sin embargo, la esclava que les besa las sandalias.

 

Le temo a la llegada del poema

porque viene rodeado de ausencia

porque sus bordes quebradizos amenazan con desaparecer entre mis manos

porque si lo miro a la cara se deshoja.

 

¿Qué hiciste, madre, para llenarme de palabras?

¿Por qué ya no es posible el silencio?

 

Le temo al cuerpo que no entiende lo que digo.

A su lenguaje atroz le tengo miedo.

A la amenaza persistente de una muerte que no me abandona:

pájaro revoloteando alrededor de las naranjas de la carne

hermosa golondrina que endulzará su lengua con mi néctar.

 

Mi cuerpo se parece al tuyo, madre.

Pero siempre seré hija para ti.

La hija mayor.

Primera en desgarrarte

y en dejarte

nido abandonado a medianoche

descanso en el enorme graderío que no termina

que no calla

que no escribo.

 

 

Le temo al final del poema

a la súbita desdicha en sus ojos

a los vacíos que lo perforan como balas atravesadas en un tronco a punto de caer

a las imágenes mudas que aprietan su cuello

y pululan en mi entorno que no logra desprenderse de ellas.

 

Le temo, madre, a tu angustia

y a las palabras que me enseñaste

porque no son las que quiero.  

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