• @cenizalunatica
    La luna borra su forma y yo sigo buscando semejanzas
  • @karlisjar
    El viento es una armónica de mil tonos
  • @Suspiro_DeLuna
    Magia es que te sostengan unos brazos que jamás te han tocado
  • @Tu_Funamiento
    Me busqué en otras personas y en todas te encontré
  • @Innestesia
    Viajo por si me encuentro
  • @fumivora
    Aparento más mariposas de las que tengo
  • @letrasdemorado
    Ya no hacen el pasado como antes
  • @itzarbepoesia
    He guardado bajo mis párpados caminos de agua por los que volver al hogar de tu recuerdo
  • @AlejandroLanus
    Juego como un niño que no sabe morir
  • @leonbenIarregui
    Cada vez más insomnes y menos soñadores
  • @vforte
    la tristeza es la rabia parada bajo la lluvia
  • @Yennifercc
    El que vive a solas con la poesía anda descalzo porque no cree en las heridas

Jorge Enrique Adoum

Jorge Enrique Adoum nació en Ambato en 1926 y murió en Quito, en 2009. Este poema fue mencionado por el autor ecuatoriano Augusto Rodríguez, en una nota para el Festival Internacional de Medellín, como inspiración y referencia para su persistencia poética (http://www.lapoesiaalcanza.com.ar/index.php/noticias/1588-poeta-ecuatoriano-recuerda-por-si-acaso-la-poesia-nunca-va-a-morir).

 

   Despedida y no

Como un muerto, amor, yo me incorporo,
echo puñados de olvido y grava, tablas
que mordí, piedras, lo que queda de mí
y de las flores que un día me pusieron,
y todo lo que echaron sobre ti para enterrarme:
las embriagueces de la equivocación, toda
la complicidad por amor, todo el amor
que confundí con el silencio, los clavos
que no me dejaban ir hasta tu frente.

Le devuelvo a tu ayer la herencia injusta
que me dejó en los ojos, mi desesperación
hecha de tierra, el llanto que sacaba
su alcohol a las primeras cuerdas del pasillo,
mi angustia que presentía tu preñez, mis raíces
atadas a tu verdad enorme, tu alarido
en la espalda. Ahí quedan mi camastro
con sus sábanas de soledad y de melancolía,
mi empleo, mi patrón, mi desempleo,
mis deudas de aguardiente y aspirina, mis zapatos
llenos de no hay vacantes y costuras,
los almuerzos en que me ponían un libro
abierto sobre el plato, mi espera de la gran
ocasión, de la gran cosa, del gran día.

Aquí comienzo, salgo del rencor como de madre,
me pongo todos los huesos. Yo me voy
de este hotel de pesadumbre a hoy día,
yo me voy a aprender la esperanza como una
lengua antigua que olvidé entre los escombros
de tanto ser caído en el fracaso, pero tengo
con quién hablar, con los que han muerto
por carta y no lo creo y llegan a enseñarme
su boleto, tu recibo hecho pedazos
por la crueldad del día y las ráfagas
del año.

Henos aquí, botín de tus edades,
hasta la altura a que has crecido, hasta
la línea del posterior rescate, prisionera
de ti. Almas amontonadas junto al muro,
caras contra la pared para verte por dentro
ese rostro de hermosa que estaba en las medallas,
y agarradas las manos a lápices, fusiles,
herramientas, cucharas: la batalla
es contigo y el regreso es contigo,
porque has de ser feliz aunque no quieras.

 

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