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    Amar es ser verbo en todos los tiempos
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William Ospina (II)

 

   Nació en Herveo, Tolima, Colombia, en 1954. El poema que sigue integra el libro “Poesía 1974-2004”, Ediciones Arte Dos Gráfico, Revista Número Ediciones, Bogotá, Colombia, 2004.

 

   El testigo

 

En los humildes campos de Judea

nací como los hombres. Un regazo

tibio acunó mis sueños infantiles.

Me hice amigo del remo y de la espada,

aprendiendo a partir y a ser valiente,

y vi el amor de Dios de entre las aguas

salir –temblor de plata- en nuestras redes.

No puedo referir qué hice en mis años,

los hechos se repiten y se borran,

en cada instante puse fe y empeño

y toda esa pasión ya es del olvido.

Mas hoy, de aquel pasado que se abisma,

el recuerdo de un muerto me estremece.

Hace años que murió, de su existencia

ya tengo más leyendas que recuerdos,

pero no olvido la mirada extraña,

las manos, las palabras fervorosas,

y el polvo del camino en sus sandalias.

Dicen que estaba loco. También dicen

que afirmaba ser Dios. Con delincuentes

alternaba, y con niños. Una tarde

lo prendieron, y en juicio numeroso

decidieron su muerte. Era frecuente,

entonces, ver las cruces en los montes,

los muertos secos en el viento helado,

con los brazos abiertos y los ojos,

con un grito final entre los dientes.

Yo presencié su muerte, en la hora última

hablaba con su madre y sus amigos,

después gritó como quien pierde el alma.

El dolor de la cruz es tan intenso

y es tanta la tensión del torturado

que el corazón se rompe. Sólo fue otro

cuya muerte viví. Pero una noche

desperté obsesionado por la historia

de su origen divino. Era algo absurdo.

Pero en la inmensa noche solitaria

toda fábula es real, es real el sueño,

y hay algo que amenaza en cada sombra.

Nuestra fe lleva siglos esperando

y el príncipe que anuncian los profetas.

Ya es costumbre esperar, ya es imposible

creer en su llegada.

                                Sentí frío.

Sobre el campo había luna, y los collados

ondulaban de plata en la distancia.

Pensé en un Dios que deja el infinito,

la invisible extensión, la omnipotencia,

y que desciende a un vientre que han formado

largas generaciones dolorosas,

que se resigna a este vaivén de ausencias,

a un lugar, a un destino, a unos recuerdos,

a un cuerpo y a sus órganos sensibles,

a la incontable humillación del tiempo

que lo da todo y todo lo arrebata;

y nace entre mortales y camina

con fatigados pies firmes espacios,

y comparte la suerte de los hombres.

Un dios incomprensible que no viene

tonante y luminoso a sus criaturas,

que pide fe para reconocerle.

Fácil es ver en unos ojos de hombre

los destellos divinos.

                                 Tuve miedo.

Miedo de que mis ojos desgastados

hubieran presenciado sin saberlo,

con frialdad habitual, el espectáculo

de un dios sacrificado por sus hijos

en la sórdida tierra.

Han pasado los años. Soy muy viejo.

Sin duda ya habrán muerto aquellas gentes

que en torno de esa cruz vieron a Cristo

entrar en la tiniebla que tememos

y acaso era hija suya. Estaré solo

con un tumulto ardiendo en mi recuerdo,

dilatando en la tierra esa agonía

que pudo conmover astros e infiernos.

En vano me interrogo. No hay respuesta.

Descenderé a la sonrisa irreversible

Y la inquietud perdurará en mis huesos.

Nada pregunto. Nada. Pero siento

que algo divino tiembla en esa historia

que Cristo entretejió bajo los astros.

Con los años se extiende la leyenda,

y su hermosura aterra mi crepúsculo.

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