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    Yo ya me quedé contigo cuando ni estabas
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    Amar es ser verbo en todos los tiempos
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David Rosenmann-Taub

 

   Nació en Santiago de Chile, en 1927. El poema que sigue a continuación es de la edición original de “Los Surcos Inundados”, que publicó en 1951. Esta obra fue reeditada recientemente en su país.

 

   Hijo

Arbol huracanado, violenta tierra viva:
para tus olas hiende mi corazón la luz;
sea el ímpetu el sueño que te cubra, hijo mío;
yo seré el edredón de la cuesta dormida.

Eterno lampo eterno surja para tus ojos;
empuja hacia tu sangre mi sangrienta ternura;
eres la despedida de mis bríos maduros:
como cosecha, hijo, reviviré en tu asombro.

Estambre, alianza: cíñeme el inquieto espejeo
del penacho sonriente: por fin sonríe: envuélveme
de brisa y mordedura; tus sorprendidos labios
en jugoso dominio redondeen tu empeño.

Esa sonrisa tuya me sabrá en la alegría
a renacidos zumos de fragores perdidos:
recorrerá mi vida, como beso de tierra,
esa sonrisa breve: tintineo y delicia.

Sonríe, hijo, sonríe; descubrimiento, avienta
la hojarasca de duelo que azota al resplandor
de tu paso: camino, echa a andar, echa a andar:
tu pie va a hacer, oh Dios, -¡Dios!- su huella primera.

Yérguete en el abismo: en las aguas profundas
palparás a tus venas; angústiate de muros.
Mi grito paternal se rompa entre tus manos:
con el alma desnuda despedaza la ruta.

Hermánate a la agreste plenitud de la espiga;
Hoguera en el destino, victorioso derrótate.
Hijo, estréchame siempre en todos los guijarros:
tendrás el amor fuerte que se oculta en la espina.

Eterno lampo eterno surja para tus ojos;
empuja hacia tu sangre mi sangrienta ternura;
eres la despedida de mis bríos maduros:
como cosecha, hijo, reviviré en tu asombro.

Esponjas de tinieblas envidiaban tu rastro,
porque entero pendías del coraje de Dios.
Por amparar las cumbres, huías mi refugio:
¡Hacia mí!, te gritaba, ¡oh hijo entre mis brazos!

Mas la flor de tu ansiosa garganta en la mañana
era como el temor del hijo por el padre:
ya extasiado lavando colinas y colinas,
al conocer la tierra, me tocabas y amabas.

¡Me ibas conociendo! El tallo polvoriento
se estremecía azul de goce de tu savia.
Tus pupilas curiosas rodando por el mundo,
refrescaban mi fiebre, bañaban mi desvelo

con la paz de las siembras. Aprendías mi ocaso,
acunabas, sembrabas. De mi carne venías
a renovar mi sed: éramos una llama.
¡Me ibas conociendo! ¡Oh venero en el páramo!

Sonríe, hijo, sonríe; descubrimiento, avienta
la hojarasca de duelo que azota al resplandor
de tu paso: camino, echa a andar, echa a andar:
tu pie va a hacer, oh Dios, -¡Dios!- su huella primera.

Eterno lampo eterno surja para tus ojos;
empuja hacia tu sangre mi sangrienta ternura;
eres la despedida de mis bríos maduros:
como cosecha, hijo, reviviré en tu asombro.

En tu vaso colmado no abreves al letargo;
yérguete en el abismo; angústiate de muros;
con el alma desnuda despedaza la ruta.
¡Abalánzate, afluente! ¡Abalánzate, arado!

Hazte recio, hijo mío: aunque yo desfallezca,
si escarpidor de miedo te peina ferozmente,
desgárrame, desgárrame, róbame los alientos:
hazte recio, aunque caigan mis sienes ya disueltas.

Aunque corteza ciega, nieve ciega, crispado
polvo ciego, te haré una estera radiante.
Aunque vuele en despojos horizonte a horizonte,
mi rostro, en los celajes, te traerán los pájaros.

Tú, cantera; yo, escarzo; vacíame más, espárceme:
beberé en el acíbar la dulzura inmortal
de sumirme en tu arcilla: que aun asido de muerte
desplegaré ceniza para darte trigales.

Árbol huracanado, violenta tierra viva:
para tus olas hiende mi corazón la luz;
sea el ímpetu el sueño que te cubra, hijo mío;
yo seré el edredón de la cuesta dormida.
Hijo, estréchame siempre en todos los guijarros:
¡tendrás el amor fuerte que se oculta en la espina!

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