• @_marazi
    Yo ya me quedé contigo cuando ni estabas
  • @ciruelle
    Amar es ser verbo en todos los tiempos
  • @SIELALSOYYO
    No hay persona más peligrosa que la que no tiene sueños por cumplir
  • @DivinaOnix
    También lo imposible puede ser amado
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    El que se va en silencio, lo ha dicho todo
  • @Ghouls99
    A veces acumulamos, densos y potentes, para arrasar en el siguiente desborde
  • @siete_verdes
    Es espesa, grumosa y fría. Llamémosla decepción
  • @JanoTwoFaces
    Dejad de ordenar caos y provocad alguno
  • @sammasathi
    Sueño, luego insisto
  • @TISHA77
    La poesía también es presagio
  • @juanita_amore
    Escribir porque el tiempo nos viene a leer
  • @z_zyanya88
    Quieta, la noche/ versa amores calmos,/ suspira en paz

Carlos Hugo Aparicio

 

   Nació en La Quiaca, Jujuy, norte de Argentina, en 1935. Los poemas que se publican a continuación fueron tomados del libro “Pedro Orillas”, publicado por El Suri Porfiado Ediciones, de Argentina, que fue presentado en Buenos Aires en octubre de 2014.

 

 

   Tema infinito

 

Yo también soy obrero y piso cada tarde,

en los umbrales doloridos de la noche,

el cansancio de mi sangre,

y me acodo en el perdón de la madera para compadecerme y olvidarme.

Oh qué tiempo éste que cae a mis pies

cuando vuelvo de la cara salada

a beber mi apellido con amigos iguales;

soy obrero de esta sangre que alcanza para llenar mi vaso

y sobra para inundar el tuyo.

Oh qué día de polvorientos ojos el que lloro

por comunes dolencias;

estoy junto al amor de unas paredes,

al delirio que a todos nos socava y en uno nos silencia.

Enamorado de la pena junto a tu sentimiento

cuento a todos mis humildes motivos,

tu voluntad de nadie para nada,

evitando mirarnos las ganas de morirnos.

 

Es la pasión febril de las cantinas,

hasta ellas caigo como un pétalo embarrado

a lavarme la herida con el agua del sueño,

a perder mi corazón por calles alunadas

donde salen amigos a abrazarme

y a compartir la flor de mi destino

golpeando la ciudad de madrugada.

Quién me dirá del sol que no ha ganado

lenta de culpa y sed la contrahuella,

y me pondrá sus ojos en mi vaso

y su rostro en mis lluvias venideras.

Quién ya no puede volver,

quién ya ni quiere,

de sus sorbos abstraídos,

y árido llora, solo de grave soledad,

duro a su muerte;

y quién sueña de sueño

entre los resplandores de otra amanecida

y más pobre se queda

dormido sobre el viento de un pañuelo.

 

Ay soñador callado en las cantinas,

crecerá por mi alma tu pesadilla rebelde,

tu forma angelical de conformarte.

Rincones del día castigado

recia luz de ternura

para la sed que nos hereda sin remedio,

del que paga con lágrimas su macha

-fósforos derrotados por el suelo.

 

Ay obrero del otoño en las manos,

de la frente apoyada en duros días,

soy hermano del gallo,

y del grillo

y hermano en las cantinas de todos los hombres de la tierra.

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