• @SalvadorTannis_
    Lo que sé se lo agradezco al silencio
  • @Innestesia
    Besas como si hubiéramos leído los mismos libros
  • @karlisjar
    ¿De cuántas sinfonías está hecho un aguacero?
  • @fumivora
    Después de la tormenta, un barquito de papel
  • @L0laM0ra
    A cierta distancia nos leemos más cerca
  • @DamaElegante_
    Es bueno tener sonrisas a punto, en la trastienda de los sueños rotos
  • @sweetcamelot
    Un alma inquebrantable se refleja en una dulce sonrisa
  • @noessineso
    Aunque lo imagino,/ lo sueño,/ ese atardecer/ juntos/ fue de otros
  • @jfsounds
    Cual farol quemar/ Las corazas de papel/ Desde adentro
  • @loretosesma
    Porque escribo mejor desde mi herida pero sonrío mejor desde la cicatriz
  • @NegroPermanente
    Sigo anclado en la estación en donde nos dejamos los sueños
  • @Aline_RFagundes
    Probé de la pulpa nueva/ ¿pecaminoso jugo de la historia?/ para que la memoria/ se tejiera de gravedad

Espacio Abierto

Héctor Veloso Espinosa, de Chile

 

   Poema enviado por Héctor Veloso Espinoza, de Concepción, Chile.

   El autor publica textos en el espacio http://www.mamutdecristal.blogspot.com/

 

   El día en que la muerte no fue capaz de matarme

 

En el suelo de las sílabas encontré un golpe feroz en mi rostro.

Estaba en el bosque,

era de noche,

las sílabas no se sostenían.

Por momentos,

los corvos asesinos se clavaban en mi piel

más allá de lo soportable,

me rebanaban la cabeza

y se revolvían los jugos gástricos.

Las venas bailaban como hilos de títeres,

pero sabía que existía una salida.

A lo lejos observé al lobo hambriento,

aullando, muriendo de hambre

Se acercó cual meteorito a la atmósfera,

arrancando de cuajo tendones y uñas que encontró a su paso.

A mí sólo me maldijo,

escapó y nunca más lo vi.

Cuando sangraba tenía la esperanza,

algo había en mí,

algo que no podía imaginar,

pero algo existía que me hacía ver el paraíso.

Quería decir basta,

gritar, dejar de mentirle al mundo,

ya era suficiente,

fui yo mismo quien se dejó agredir.

El olor de mi sangre no es la que prefieren los lobos,

soy carne de insectos coloridos,

de arañas nuevas y vírgenes.

Algún día, algún día, podré gritarle al viento tibio

que la muerte no fue capaz de matarme.

 

Carlos Brid, de Argentina

 

   Poema enviado por Carlos Brid, de General Pacheco, provincia de Buenos Aires, Argentina. Poemas suyos están integrados en varias antologías y es autor de “Las luces de los faros”, de 2014, y “Los frutos intactos”, de 2018.

   Participa en grupos de poesía y divulgación y es fundador del grupo de poesía Tigre poético.

 

   Oda a la tierra

 

Sobre una mirada de cristal,
abarcas todas las tierras vírgenes.
Tienes el prisma de los dioses,
que todo ven,
los dominios celestes,
y la soledad alba de las cumbres.
Es una mirada de fertilidad,
que elevo los bosques de pinos,
más altos que los médanos vigilantes.
Resplandeces sobre el agua azul,
y la conviertes en rugir salvaje.
Entre los rosales pasas sin herirte,
imaginando bálsamos terrenales,
que cierran a las noches oscuras.
Todo lo puedes en tu imaginario,
eres un crepúsculo somnoliento,
con hogueras diseminadas,
y danzas de amantes frenéticos.
Eres silencio que amortigua el acero,
y sonido en las orillas solitarias,
un ritual bárbaro y ciego,
o un manto de follaje sobre el alma.
Pájaro austral que no teme al frio
y sonora ave en la selva tropical.
Eres la aurora que despierta,
y la humedad del amor que da vida.
En este lenguaje vasto...
no se nombrarte,
solo sé que existes,
porque nací de tus entrañas,
madre de las rocas,
y sangre de los ríos.
Con la generosidad de las viñas,
y el derrotero de los peregrinos,
también eres esplendor de nieve,
esmeralda lunar en los claros,
y escudo de flores inmensas.
Un refugio de náufragos,
y amaneceres nuevos,
en los cuerpos desfallecientes.
Bajo tu techo vivo,
por alcanzar tu cielo me desvelo.

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