• @cenizalunatica
    La luna borra su forma y yo sigo buscando semejanzas
  • @karlisjar
    El viento es una armónica de mil tonos
  • @Suspiro_DeLuna
    Magia es que te sostengan unos brazos que jamás te han tocado
  • @Tu_Funamiento
    Me busqué en otras personas y en todas te encontré
  • @Innestesia
    Viajo por si me encuentro
  • @fumivora
    Aparento más mariposas de las que tengo
  • @letrasdemorado
    Ya no hacen el pasado como antes
  • @itzarbepoesia
    He guardado bajo mis párpados caminos de agua por los que volver al hogar de tu recuerdo
  • @AlejandroLanus
    Juego como un niño que no sabe morir
  • @leonbenIarregui
    Cada vez más insomnes y menos soñadores
  • @vforte
    la tristeza es la rabia parada bajo la lluvia
  • @Yennifercc
    El que vive a solas con la poesía anda descalzo porque no cree en las heridas

Angélica Hoyos Guzmán, de Colombia

 

   Poema enviado por Angélica Hoyos Guzmán. Nacida en el Caribe colombiano en 1982, magíster en Lingüística y con estudios en literatura realizados y en curso, cuenta con varias publicaciones académicas en humanidades. Obras suyas fueron publicadas en medios de Colombia, Chile, Perú, Argentina, México y España. Participó en varios encuentros internacionales de poesía. Su primer libro de poemas, “Hilos Sueltos”, se editó en Madrid en 2014. Algunos de sus poemas están disponibles en estos enlaces:

http://circulodepoesia.com/2014/08/nueva-poesia-colombiana-angelica-hoyos/ 

http://lospoetasdelcinco.blogspot.com.co/2011/02/angelica-hoyos-guzman-poesia-actual.html.

   La poeta está presente también en Twitter, en la cuenta @AngelicaBlues, y en Facebook, Angélica Hoyos Guzmán.

 

    Lugares comunes


El hambre es nuestro alimento,
nuestra hermandad.
En la cocina fabricamos las miserias.
Se nos llena el abismo
con pasos apresurados
de paranoicos
en la prisión de un cuerpo
ajado por la lluvia.

No nos salva
ni la primera estrella de la noche
ni el rayo de la mañana
a través de los cristales
para bendecir un pan viejo.

El tiempo se nos escapa
en el basurero que apila los adioses,
allí donde mueren mujeres mientras escribo.

Los niños aprenden a caminar antes del bombardeo.
Poco importa esta letra de nada
este mundo entierra a sus hijos con los ojos abiertos
para mirar más de cerca.

La caligrafía se abandona al guiso del bistec
amargo entre sus tejidos.

Ni siquiera somos dignos de la queja
el alarido fugaz no nos resigna.

Al final Dios nos espera
para decirnos que él no es el principio.

A mediodía se esconden los fantasmas
con su traje repulsivo que amenaza con iluminar todo.

La bulla del tráfico persiste en lo que no seremos.

Es la diana de los sueños astillados.

Nos demuele
como pelota de hierro al edificio
de cualquier construcción defectuosa y telúrica.

En esta soledad multiplicada
nos abandonamos a la inercia de una palabra
que apenas balbuceamos.

Un calambre abdominal nos acecha
nos deja ausentes
abriendo la palma de la mano
en una avenida muy familiar.

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