• @_marazi
    Yo ya me quedé contigo cuando ni estabas
  • @ciruelle
    Amar es ser verbo en todos los tiempos
  • @SIELALSOYYO
    No hay persona más peligrosa que la que no tiene sueños por cumplir
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    También lo imposible puede ser amado
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    A veces acumulamos, densos y potentes, para arrasar en el siguiente desborde
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  • @sammasathi
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  • @z_zyanya88
    Quieta, la noche/ versa amores calmos,/ suspira en paz

Carlos Eduardo Silva, de Puerto Rico (III)

 

   Poemas enviados por Carlos Eduardo Silva, nacido en Ponce, Puerto Rico, en 1993. Fue ganador del Certamen de Poesía del periódico El Nuevo Día y del Certamen Literario de la Universidad Politécnica de Puerto Rico. En 2013 representó a Puerto Rico en el Certamen Nuevas Voces de PEN International. Recientemente, fue galardonado con el Premio de Poesía del Ateneo Puertorriqueño. Edita el blog Generación Jípster (generacionjipster.weebly.com).

 

 

   Mi jeva y yo

 

                                                "Hoy nos habitamos, mi jeva, la ciudad y yo"

                                                                                           - Gallego

 

   I

 

Hoy nos componemos

de lo que fue un apartamento

casi casi a la orilla del mar, 

entre un montón de pilas de cemento

y hoyos interminables

que nos hacían abrazarnos

cada vez un poco

más intensamente.

 

Nos habitamos el uno al otro

porque en el recuerdo

y en el piso de loseta que afirmamos hoy

hay muchas gotas de la misma luz

que forman un mapa

de lo que nunca fue un destierro

sino un vuelo circular por la brea.

 

Y nos vamos dando cuenta

de que no son los postes ni las maromas

sino ese mirarnos a los ojos

lo que compone esta ciudad que creemos conocer.

 

 

   II

 

Mi jeva y yo nos quedábamos

dormidos

mientras intentábamos

ver Netflix en las noches

en que debimos

estar estudiando.

Suspirábamos la terraza un rato

como si fuéramos a quedarnos

fumando,

mirando las luces de las montañas

porque las de la ciudad

no cruzaban

tantas casas.

 

Nos creíamos un rato

que el mar se asomaba

a las barandas de madera

y después de varios bostezos

nos acostábamos

y nos perdíamos las películas.

 

La ciudad siempre estaba mirándonos.

 

El mar se escuchaba si apagábamos el aire.

 

Seguimos durmiendo y apenas nos dimos cuenta.

 

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