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Carolina Bustos Beltrán

  

   Eco

 

Borde de roca.

Orilla, sal y dos suspiros.

 

Pepita musida de otra época,

ilusión sin espera.

 

El mar coincide allí

donde la arena es rastro; vetusta marea.

 

Le llamo y se asoma;

lejos intuyo su sombra.

 

El rostro del pescador sediento

regresa a pesar del aire seco.

 

Posa su caña cerca del malecón.

Luz de media tarde.

 

Donde mengua el sudor de su frente,

añora señas; pisa mi voz.

 

Entonces, el eco de boquerones

desde su barquita…

 

Nos arrulla con el bochorno

de la lluvia ausente.

 

                                                     Oporto, julio de 2015

            

 

   El hombre y la isla 

                                   

Intuye el viento siendo sabio

que un día faltará aliento y 

las manos que guardan el mundo serán tan pequeñas 

que no disiparán las fauces 

del dolor al olvido.

 

Un hombre 

Una isla 

 

Tierra insular partida en trozos de roca sobresaliente 

de inmensa belleza.

 

Hazme saber si la historia vierte 

una pizca de cordura  

en la nuestra.

 

Hazme saber si sus pasos fundidos

en la arena mirando al mar

coinciden con los míos.

 

Arrastra la vaga la hondonada

profunda del vértigo 

ese del fondo sugerido

por el pensamiento obsoleto

de rastros perdidos. 

 

Tiempo de ofrendas de sueños 

con ojos abiertos 

donde tus brazos al viento sabio

se desnudaban. 

 

Se desnudaban y lloraban. 

 

                                                      Carrières-sur-Seine 15-9-17

 

 

   Aurelio sures

                                                                        A Aurelio Arturo

 

 

Qué dicha ser Sur, Sur de orilla que la ciudad no nombra.

Adonde se llega solo

y se escapa en colectivo.

 

Soy del Sur aureliano

sensación y advertencia de montañas

que camuflan el verde de mis ojos exiliados.

 

Sur absurdo; fractura de Norte.

Música, deleite con sílabas perfectas.

Suave sur; sur en minúsculas abstraído en tres letras.

Áurea espesa de niebla fría,

Sur de 'r' rasgada, roída, rústica.

 

Villano sur de padre ausente;

de negro marino; tizne de tierra y papas calientes.

Canto de silencio:

viento.

 

Sur sur surecito

surado surco sumado

sueño sumamente sutil

sutilidad sumisa suasoria

súbito suscito.

 

Voy al sur siempre, a veces, mañana.

Cuando sureo el destino;

cuando me vuelvo sur,

sur de tango.

 

Verseo sures

aurelio sures

artureo sures

espío sures.

 

En mi sur no hay bosques salvajes

sólo viento y silencio:

esencia.

 

                                                  Norte, 1 de enero de 2017

 

 

    Para la Libertad 

 

   I

 

Escribes para ser libre 

para desconocerte 

y encontrarte.

Escribes la palabra

explicita, implícita 

 

Folio virgen

tinta diluida 

cuerpo dibujado

tejido sonoro, falanges dóciles.

 

Escribes cantos de teclas

ritmo de sílabas

manuscrito sin sombras.

Silencios de premura ante la opresión.

 

Eliges al poema como acto libertario

pues sabes de cárceles, de imposturas y de juegos macabros

donde muchas veces tropiezas a pesar  del vertigo.

La caída libre es inminente.

Respondes al gusto del otro,

partes en vuelo

desmembrándote por partes

dejando aliento por la senda 

por donde pasas.

 

La libertad no es gratuita

se reprende

se priva

se paga:

a crédito, con tarjeta 

y en cláusulas de banco.

Viene con varios disfraces

sesga y amenaza.

Esclaviza.

 

Escribes para no morir.

Basta el poema puro, soberano

ese que indaga en la esencia 

y va a la raíz. 

Arena blanca,

negra tierra de montaña que brama.

Mujer en el agua.      

 

                                                  Carrières-sur-Seine, julio de 2017

  

   Otra ciudad recorrida

 

Esa ciudad que recorres

se parece a ti

oculta, sola,

hecha espejismo de soberbias expectativas.

 

Encarcela

aleja

los cuerpos del gozo

es una isla densa

donde las estrellas

ensoñadas

son recuerdo

de noches de infancia.

 

 

   2

 

He visto hombres en la periférica;

rostros múltiples

coloridos a pesar del dolor

pidiendo un euro a cambio de una sonrisa.

 

Al otro lado de ella

he comido; 

he bebido;

he festejado con vino

la libertad y la vida.

Ignorando

la trampa

de la felicidad del suelo.

Ignorando consiente

el territorio sombrío donde me paseo con máscara.

 

 

   3

 

Recorres el paraíso, 

edificaciones monumentales,

ladrillos de historia

unas de muertes; otras de lágrimas.

 

Acumulas iglesias, museos, avenidas elegantes,

líneas de metro, rojas o amarillas

por donde circulan los libres.

 

Expones tu pecho al viento 

vibras, sientes el orgullo llamado « patria ».

La brisa en el paraíso 

suele ser borrasca indómita para algunos.

 

Tu ciudad a veces iluminada por una torre mágica es el infierno de los vivos.

Elegiste tu opción para no sufrirlo. Y muy a tu pesar,

una fila de rocas ígneas es escombro en el pecho de los « otros ».

 

                                           Carrières-Sur -Seine, 15 de julio de 2017

 

(Carolina Bustos Beltrán nació en Bogotá, Colombia, en 1979. Los primeros tres poemas pertenecen a “Estación Tropical & Otros poemas sinuosos”; los siguientes fueron enviados especialmente por la autora para su publicación en este espacio. Bustos Beltrán recibió varios reconocimientos, algunos de ellos en su condición de narradora. En poesía, fue seleccionada en el certamen Voces Nuevas de la Editorial Torremozas, en 2010. Su obra “Lecciones de UrbEnidad, Tabogo & Otras ciudades recorridas” recibió en 2015 el tercer premio del Concurso Ediciones Embalaje del XXX Encuentro de Poetas Colombianas del Museo Rayo, Roldanillo, Colombia. En 2016, “Estación Tropical & Otros poemas sinuosos” fue finalista del Premio Internacional de Poesía “Pilar Fernández Labrador”, de Salamanca, España. Poemas suyos fueron incluidos en antologías y publicaciones de formato diverso. La poeta es también docente universitaria. Reside en Francia desde 2003).

 

Javier Bozalongo

    

   Las consecuencias

 

De cualquier arco iris

se puede deducir una tormenta.

 

Cualquier adiós

fue antes bienvenida.

 

Los amantes merecen el descanso

sólo si son capaces

de avivar el incendio de sus cuerpos.

 

En tu risa puedo leer las lágrimas

que precedieron al abrazo

y en los pasos de cualquier madrugada

puedo escuchar cristales rotos.

 

 

   Opciones

 

Un amor que se hace o una cárcel de amor.

 

El sabor del pecado sin arrepentimiento.

 

¿Si te dan a elegir,

mentiras con limón o veneno con hielo?

 

El negro de tus ojos o un blanco hospitalario.

 

 

   Una casa en un árbol

 

Los mejores consejos son los que no se dan

y los besos más dulces siempre están por venir,

de manera que todo lo que sigue

son tan sólo palabras y puedes olvidarlas:

 

Una casa en un árbol no es imprescindible

para sentirse pájaro y volar libremente;

ni siquiera las alas resultan necesarias

para cruzar el cielo en busca de aventuras.

 

Basta cerrar los ojos

y cada amanecer es un salto al vacío.

La vida te saluda al abrir las ventanas.

Al comenzar un libro inauguras el mundo.

 

Que todas las estancias de tu casa

dispongan de la lumbre necesaria

para que no tropiecen aquellos corazones

que se acerquen con frío a tu refugio.

 

Si un día se hace leña todo lo construido

y llegas a sentir que está el futuro en llamas,

no confundas cenizas con escombros.

Atrévete a saltar descalza sobre el fuego.

 

 

   Inerme

 

A menudo me duermo en los laureles

y aromatizo con mi propio cuerpo

el arbusto que crece y que se enreda

alrededor de mí, vegetal e imposible.

 

Un árbol cuyas ramas crecen sin sol ni agua,

tan sólo alimentadas por la alucinación,

raíces que parecen espejismos

como espejismos son, en realidad,

los sueños que despiertos olvidamos.

 

Es cierto que me duermo en los laureles,

siempre con el temor de verlos convertirse

en coronas de espinas

por más que un árbol, todas las mañanas,

al golpear contra el cristal del sueño

me diga lo contrario, que no habrá recompensa

para los soñadores, ni para los injustos

-en este mundo plano, carente de matices-

habrá ningún castigo.

 

 

   El tiempo transcurrido

 

Hemos vivido años parecidos,

nos mojamos con idéntica lluvia,

compartimos un tiempo

que no era el que esperábamos.

 

Las mentiras se fueron adueñando

de las primeras páginas.

 

Nosotros, pescadores, fuimos al fin el cebo

que atrajo hasta la orilla tiburones famélicos

a los que alimentamos con nuestra propia sangre,

con nuestra débil carne.

 

Nosotros, soñadores, no tenemos motivos

para impedir que sigan trasnochando

las ganas de vivir y de beber.

Habiendo sido tanto,

no podemos ahora convertirnos en sombra.

 

 

   Quien lo probó lo sabe

 

De mis pasos nocturnos dará cuenta el olvido.

 

De la fugacidad de algunos cuerpos

apenas quedan huellas

que el agua desdibuja unas horas después.

 

De nombres susurrados en lo oscuro

sólo se oye un rumor

alfabéticamente derrotado

en las páginas tristes de una agenda.

 

De todo lo que fuimos

-tal vez sólo un instante

con vocación de eternidad-

son testigos ahora

unos cuantos relojes detenidos.

 

Del hombre que seré

aún no tiene recuerdos el futuro.

 

 

   Terragona

   (así que pasen veinte años)

 

Las ciudades con mar

se mueven por la línea de horizonte

que va trazando el agua con la costa

mientras dibuja un mapa de recuerdos

que acabarán por devorarte:

ola tras ola perderás tu infancia.

 

La espuma de la edad adolescente

-todo fuerza, valor y rebeldía-

al tocar la orilla se desvanece

mezclándose con el futuro.

 

No eres el hijo pródigo, no vienes a quedarte

aunque tu corazón

descubra en cada viaje

la mitad que olvidó

enterrada en la playa,

bajo el foso de un castillo de arena

que hoy no eres capaz de levantar.

 

Siempre hay alguien que viene a recordarte

-con su lengua afilada de reptil-

que no pasan en balde los años por tu cuerpo.

 

Pero aún así lo intentas:

tratas de adelgazar para que la serpiente

se envenene a sí misma a la primera vuelta,

y te dejas lucir en las cafeterías

como recién pescado del mar de otro verano.

 

Eres tú quien regresa,

quien decidió marcharse sin culpa ni dolor.

 

¿Y aún debes demostrar –cual Galileo

resucitado cada mes de julio-

que la tierra se mueve, que el mundo no se hizo

para aquellos a quienes caminar

no los aleja nunca del punto de partida?

 

(De “Otro hombre descalzo”, el suri porfiado, Buenos Aires, 2017. Este libro, con presentación en noviembre de ese año en la capital argentina, conformó un grupo de once ediciones con las que la editorial celebró diez años. Javier Bozalongo nació en Terragona, España, en 1961. Lleva publicados los libros “Líquida nostalgia”, “Hasta llegar aquí”, “Viaje improbable”, y “La casa a oscuras”. Con esta obra obtuvo un accésit del Premio Internacional de Poesía Jaime Gil de Biedma. También publicó las antologías “Nunca el silencio”, en Costa Rica; “Has vuelto a ver luciérnagas”, en México; y “Las raíces aéreas”, en Ecuador. Es director de Valparaíso Ediciones, que publica en España a autores latinoamericanas que de otra manera jamás llegarían con un libro a lectores de ese país. En 2017 se le adjudicó a Bozalongo el premio Blas de Otero).

 

Agustín Mazzini

    

   Bestias de la poesía II (la poesía es un

   fantasma solitario)

 

Con su máscara de canción,

su disfraz de grafiti,

sus sílabas de rap,

ella camina

por las pupilas del mundo.

Y aún así

el mundo no la reconoce.

 

 

   Amanecer

   

              Homenaje a Pere Gimferrer

 

Las imágenes de oro, los caballos

de la luz, el clavel que arde en el aire

carbonizado resplandece, nombra

los rubíes traslúcidos, sus gritos,

estrellas extenuadas y rendidas.

Centellean las sombras relucientes

del tiempo, los metales luminosos,

y en el capó de los autos azules

la claridad del día es un relámpago

estallando en silencio. El mar alza

su corazón llameante, sus banderas

(esto es como un teatro, como un cine),

su boca carmesí brilla en las ruinas

del bosque del pasado y el presente

toca con guantes de seda muy blanca

los ojos de la muerte, el cristal.

 

 

   Prólogo

 

Este libro se recordará como el cajón pequeño

donde el autor guardó las manos que desordenaban

   su vida.

Su corazón oscuro dice “en estas páginas

una casa se derrumba, un perro ladra

para espantar su propio reflejo de la pared”.

El mensaje viaja rendido en una botella:

la palabra siempre es la marea.

 

 

   Hijo

 

             Para Martha

 

Mamá,

el agua del sin sentido diluyó nuestros sueños.

El agua donde se refleja un niño que tiembla y adora

a los muertos que le presentabas en las fotografías.

Ahora, su sangre entra en mi sangre

como todo el cielo en los libros más hermosos.

 

Mamá, te estoy llamando

desde una piedra tallada por el dolor.

 

 

 

   La noche entró en mi casa

 

          …y ni la música de Amy Winehouse la pudo apagar

 

En mi casa, la noche

crece como una sombra que entra a los huesos del

   corazón.

Se arrastra por un mundo vacío con un deseo de

   claridad

que piensa en los cuadros de Vladimir Kush

(ahí, las mariposas son manzanas partidas al medio).

 

Como un caballo negro galopa la noche.

 

Viene cuando Amy Winehouse está cantando;

de sus tatuajes escapan flores de jazz

que se mezclan con los fantasmas

de la habitación.

 

La escena es absorbida por un gran pozo ciego.

 

El milagro

es que no necesito que suceda nada más

para que algo suceda.

 

 

   Revisiones

 

Veintitrés años caen como veintitrés gotas a un vaso

que amenaza con reventar pero nunca se rompe.

Un mar de fuego se agita ahí, naufragios de besos,

casas a la intemperie del amor agarrado a sí mismo

mientras pregunto ¿qué es el tiempo sino una espera

larga, silenciosa igual a las camas de los hospitales?

Números quebrados que se juntan al final del día.

Despojos de paciencia sobre papeles en blanco.

Llanto de ser lo que nunca termina de sernos.

Un espejo que desea ser alguien más.

Eso es el tiempo, veintitrés años.

 

(De “El cielo no termina de quemarse”, el suri porfiado, Buenos Aires, 2017. Agustín Mazzini nació en Buenos Aires, en 1993. Poemas suyos fueron publicados en revistas argentinas e internacionales, así como en antologías. Con este libro ganó el Premio Nacional Bustriazo Ortiz para Jóvenes Poetas, organizado por el suri porfiado. El jurado, que integraron Alfredo Fressia, de Uruguay; Concha García, de España; y Carlos Juárez Aldazábal, de Argentina, le otorgó el premio por unanimidad. La presentación de “El cielo no termina de quemarse” se anunció para el 14 de noviembre en Buenos Aires, en un  encuentro en el que además la editorial celebra diez años).

 

 

Pueblos, cuerpos (II)

  

   Mundo al revés

 

¿Qué es esto por Dios, qué es esto?

nacer ser adulto

trabajar.

 

¿Quién ideó este orden, quién ideó?

misti saqueadores

sin corazón.

 

¿Quién manda aquí, quién ordena?

si somos la mayoría

y humanos.

 

¿Cuándo cambiará esto, cuándo el mundo?

si todo está al

revés

 

(Poema de origen aymara, recopilado en la sierra de Perú y Bolivia por José Luis Ayala).

 

 

   Plegaria al sol

   (fragmento)

 

Cubre tu cabeza con tu manto rojo

con el agua roja pinta tu frente y emerge

hombre Sol

hombre del verano

orondo sal.

Con el agua roja pinta tu frente y emerge

resecando las piedras grandes del río y a todo

resecando los cerros altos y a todo

hacia oriente

hacia oriente

quemando

resecando

el cerro alto

resecando a todo

hombre Sol

hombre del verano

orondo sal.

 

Tu pajarillo rojo de colores pintado

está silbando

el gran guacamayo rojo

volando volando pasea

el ave amarilla de colores pintada

volando volando pasea

hombre Sol

hombre de verano

orondo sal.

 

Hacia oriente

hacia oriente

resecando

las cumbre del cerro alto alúmbralo

la copa del árbol gigante alúmbrala

hacia oriente

resecando a todos

hombre Sol

hombre del verano

orondo sal.

 

(Canto cashibo, pueblo de la Amazonia peruana, compilado por Alejandro Romualdo).

 

 

   Todo lo viviente

 

   Todo lo viviente está unido por un cordón umbilical. Las altas montañas y los arroyos, el maíz y el búfalo que pace, el héroe más valiente y el tramposo coyote.

 

(Habla un sioux mayor. Recopilado en Estados Unidos por Richard Erdoes y Alfonso Ortiz)

 

 

   La gente civilizada

 

   La gente civilizada depende demasiado de las páginas impresas por el hombre. Yo me vuelvo hacia el libro del Gran Espíritu, que es la totalidad de su creación. Puedes leer gran parte de ese libro si estudias la Naturaleza. Si llevas todos tus libros a la pradera, los dejas bajo el sol, y permites que la nieve, la lluvia y los insectos trabajen en ellos por un tiempo, no quedará nada. Pero el Gran Espíritu nos ha dado, a ti y a mí, la oportunidad de estudiar en la universidad de la naturaleza: los bosques, los ríos, las montañas, los animales y nosotros incluidos.

 

(Walking Buffalo, stoney, compilado y traducido por O. Rao).

 

   (De "Colibríes encendidos, aborígenes americanos", Colección Poesía Mayor, Editorial Leviatán, Buenos Aires, 1998).

 

 

   Violeta Parra

 

   Arauco tiene una pena

 

Arauco tiene una pena

que no la puedo callar,

son injusticias de siglos

que todos ven aplicar.

Nadie le ha puesto remedio

pudiéndolo remediar,

¡Levántate, Huenchullán!

 

Un día llegó de lejos

huescufe conquistador

buscando montañas de oro

que el indio nunca buscó.

Al indio le basta el oro

que le relumbra del sol.

¡Levántate, Curimón!

 

Entonces corre la sangre,

no sabe el indio qué hacer,

le van a quitar su tierra,

la tiene que defender.

El indio se cae muerto

y el ajuerino de pie.

¡Levántate, Manquilef!

 

Adónde se jue Lautaro

perdido en el cielo azul

y el alma de Galvarino

se la llevó el viento sur.

Por eso pasan llorando

los cueros de su cultrún.

¡Levántate, pues, Calful!

 

El año mil cuatrocientos

que el indio afligido está,

a la sombra de su ruca

lo pueden ver lloriquear.

Totora de cinco siglos

nunca se habrá de secar.

¡Levántate, Curiñán!

 

Arauco tiene una pena

más negra que su chamal,

ya no son los españoles

los que les hacen llorar.

Hoy son los propios chilenos

los que les quitan su pan.

¡Levántate, Quilapán!

 

Ya rugen las votaciones,

se escuchan por no dejar,

pero el quejido del indio,

¿por qué no se escuchará?

Aunque resuene en la tumba

la voz de Caupolicán:

"¡Levántate, Callupán!"

 

(De "Violeta Parra, Poesía", edición de Ernesto Pfeiffer y Cristián Warnken, con recopilación, estudio y notas de Paula Miranda, prólogo de Rosabetty Muñoz y epílogos de Pablo de Rokha, José María Arguedas, Gonzalo Rojas, Pablo Neruda y Nicanor Parra; Editorial de la Universidad de Valparaíso, Chile, 2016. Violeta Parra nació en San Carlos, Región de Chillán, sur de Chile, en 1917. Influida por la inclinación musical de sus padres, a los nueve años se inició en la guitarra y el canto, y a los doce compuso sus primeras canciones. Con apoyo de Nicanor entre sus ocho hermanos, recorre zonas rurales, recopila música folclórica y realiza sus primeras grabaciones. Compone canciones, décimas y también música instrumental. Entre otras actividades, se dedica también a la pintura y la escultura. Viaja en 1954 a Polonia, recorre Europa y la Unión Soviética y vive dos años en París, donde toma contacto con numerosos creadores, al tiempo que graba sus primeros discos. De regreso en su país, desarrolla una intensa actividad creativa, impulsa acciones culturales, crece su figura como folclorista pero en un contexto hostil, sin ser reconocida como poeta, limitación que se prolonga, en algunos ámbitos, hasta la actualidad. En los 60 realiza más viajes y, tras pasar por Argentina, vuelve a Europa. Expone sus tapices en arpillera en el Museo del Louvre, entre otras actividades. En 1966 graba el disco “Las últimas composiciones”, que incluye “Gracias a la vida” y “Volver a los diecisiete”, las canciones que la consagraron internacionalmente y que acumulan infinidad de versiones. Se suicidó en 1967, cuando tenía 49 años, en su carpa de La Reina, en lo que se cree tuvo relación con sus frustraciones amorosas. Esta edición de la Universidad de Valparaíso es para varios críticos y académicos la aceptación, tardía, de su condición de poeta).

Pueblos, cuerpos

 

   Sabino Esteban, Nación Maya

 

    Un pueblo

 

Un pueblo

es un cuerpo.

 

Venas son sus caminos.

 

Para construir

y recorrer

deben sus habitantes ser

como sangre de un mismo cuerpo.

 

 

   Como el agua

 

Lo reconozco, soy como el agua,

a veces limpio

a veces turbio

a veces remolino

a veces correntada.

 

Me amargan a veces

me endulzan a veces.

 

Y para brotar y ser libre

rompí el pecho del peñasco.

 

Algo de lo que persigo tiene fuente en otro mundo

una gota de son se hace caudal en mi ruta.

 

Las sombras de ciertos días

dejan un cansancio en mi lomo.

 

Siento el mismo nawal del agua

veo encantos que entrañan los collados

sé del awas que las abuelas vigilan.

 

Tengo brazos de río

 

en mis manos veo surgir

el retoño de los niños.

 

Hay días que me dan el perfil

de vapor prófugo de lo triste

con cauce hacia los cielos

para armar la sonrisa del arcoíris.

 

¿En qué delta?

¡Ni lo sé!

¿En qué hondura?

¡Ni lo sé!

 

No sé en qué vado

ni en qué remanso

me sorprenderá mi reposo

sólo presiento que será

en la tinaja de barro

de la Madre Tierra.

 

 

   Luna llena

 

Hay noches

en que la luna alcanza

la redondez

de una tortilla

de maíz amarillo

 

-Olorosa

y calientita-

 

como si estuviera

en un comal de barro.

 

 

   Soñar

 

Es salir a pasear despierto

al otro lado del cuerpo dormido.

 

(De Revista Prometeo, número 106-107, julio de 2017, memoria del 27mo. Festival Internacional de Poesía de Medellín, Colombia, edición de la Corporación de Arte y Poesía Prometeo. Sabino Esteban es un poeta de la Nación Maya en Guatemala, nacido en 1981. Publicó los libros de poesía “Sq’aqaw yechel aqanej / Gemido de huellas”, en 2007; “Yetoq’ junjun b’ijan aq’al / Con pedazo de carbón”, en 2011; “Xik’ej K’al Xe’ej / Alas y raíces”, en 2013, y “Sq’och Xajaw / La escalera de la luna”, en 2017.)

 

 

   Pedro Ortiz, Nación Inga

 

Hoy no sonaron las flautas.

Al tambor le creció una flor en la barriga.

El maíz se quedó en la ceniza.

¿Quién hará el mote?

¿Quién hará la chicha?

¿Quién le robó a la niña la sonrisa?

 

Dicen que el campo era una dicha;

hacer estallar las semillas,

ceder el paso a las hormigas,

compartir la comida, la lluvia, la minga.

¿En qué manos la tierra,

y en dónde están los que se enamoraron de ella?

 

¿Estarán, tal vez, meciendo a Dios en sus espaldas?

¿O cambiando sus flechas por alas?

¿O llenando sus pulmones del aliento universal

que sanará al pueblo de su mal?

¿Volverán envueltos en una tormenta?,

como en aquella vieja leyenda.

¿Vendrán pronto a iluminar lo que dejaron?

Como luciérnagas que se anuncian en la noche inmensa.

Llenos de fuerza y pureza,

como una luna nueva.

Como el nacimiento del río Putumayo,

como un cielo claro

herido por el vuelo de un guacamayo.

 

Los instrumentos siguen donde quedaron,

pero la ausencia no ha sido en vano:

las hormigas y los pueblos se han organizado.

Y el sabo camëntsá ha enseñado:

que seguir las estrellas, es nunca olvidarlos

 

 

   Para tu corazón

 

Una carretera que da al Sur

Una cascada perdida en la selva

Un guacamayo que pinta el cielo

Un abuelo sabio que masca el tiempo

Un buen pensamiento

Y mucho viento

 

Una casa en un árbol

Un horizonte sin miedos

La paz firmada en el alma

Un poema para escribir en tu espalda

Canciones no escuchadas

Grillos que despiden el alba

 

Una chagrita de alimento y medicina

El fuego dispuesto en la cocina

Un cuento dos cuentos tres cuentos

Un misterio resuelto

El perdón de mis ancestros

Una flauta a lo lejos

 

Mi Sol para tu universo

Mis besos para tu cuerpo

Mis manos para tus sueños

Mis semillas de sustento

Y Samai como amuleto, oración

Y sortilegio.

 

(De Revista Prometeo, número 106-107, julio de 2017, memoria del 27mo. Festival Internacional de Poesía de Medellín, Colombia, edición de la Corporación de Arte y Poesía Prometeo. Pedro Ortiz nació en la región del Valle de Sibundoy, Putumayo, Colombia. Es fundador del Festival de Literatura de Putumayo. Participó en varios encuentros de poesía y publicó en 2015 el libro “Samai”.)

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