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Roy Vega Jácome

  

   síndrome de diógenes

 

          bajo la salada atmósfera

que abandoné y aún me persigue,

tus manos activaron mi deseo,

tus garras compitieron con las mías

por ordenar el caos sibilante,

tus voces de hiedra advirtieron

el deceso que ya marcaba predicciones y puñales.

     fuiste para mí la posesión más preciada.

     eres hoy la frialdad de un crucifijo

o el reposo de una tibia oquedad.

     y desgreñados recorremos la estancia,

encarnando una extraña parodia

del aire que barre el pasto con sus labios.

 

 

   poiesis

 

     ¿qué mayor sabiduría que la de saberse incierto?

     lo incierto es lo que contemplo,

lo que huelo en el estigma del acero y el invierno.

     es un descenso a través del lago rojo,

un cauteloso distanciamiento de las libélulas y el fuego.

     lo incierto es el agua en un recipiente quebrado,

es una esfera que se consume en el granizo:

eres la sabiduría disfrazada de ocaso.

     noche sin noches grises,

eres la carga de un trueno silente

yendo hacia los pozos de hedor y perfumes violeta.

     un único llanto emerge de las vastas olas,

un único nombre sin voz ni verdor,

una cadena de eslabones desconocidos.

     la coraza se sumerge en la sangre y grita,

un conjunto de rayos bajo el eclipse

propaga clamores y náuseas de mármol:

que las palabras no rompan el cántaro que las contiene

que el cántaro se junte con el cántaro mismo.

 

 

   prehistoria personal

 

          sucesión de estacas en la soledad del huerto.

niño aún, devorando melocotones abiertos al mediodía,

junto a los animales sacrificados en el aroma de la fiesta.

               meses de lluvia y sequía interna.

de pie sobre los escombros de la conquista y la corona de

pieles, vi múltiples aparecidos vagando entre las mazorcas,

buscando a sus animales, a sus amantes furibundas.

acaso tanteaban el horizonte negado, los

oleajes de un océano que los hipnotizó.

              yo buscaba historia bajo aquel cielo.

vuelvo a aquella época y busco mi historia: las vigas

flotantes me respondieron con sus cantos, las pepas de

durazno fertilizaron la tierra y mis pies extranjeros

tentaron ese espacio con su herejía.

              retorno a mis pasadizos duplicados,

a mis dos lugares de alumbramiento:

                                     el desierto gris,

                           el césped de los ancestros.

                  busco mi entereza,

                             el misterio del lenguaje.

 

 

   soliloquio de un miércoles por la noche

 

               no me conozco y tal vez nunca me conoceré.

siempre he sido un extranjero en mi propio cuerpo.

y si quisiera empezar en este instante

                     —en este instante ya verbalizado—

no lograría alcanzar las profundidades que llevo impresas en mí.

                no me conozco y tal vez no quiero hacerlo.

por algún artilugio de la intuición, sé y

no sé lo que encontraré allí. sé también

que elimino opciones, que mutilo las

vagas orillas de mi rostro y me

complazco en contar las marcas que

van dejando las cortinas.

        hundo mis espinas en los paisajes cuando nadie me ve,

y finjo que todo a mi alrededor se aleja,

cuando en realidad se acerca para alojarse

como un manantial en mi sangre.

                   para volver y no reconocerme.

 

 

   I

 

              la poesía como un arte disecado.

            como un objeto elegido en medio del caos

para ser preservado en un recipiente de vidrio.

            como un animal relleno de voces y plumas

cuyos ojos -aparentemente muertos-

perforan el aire y transforman lo real.

               algo así como una dulce taxidermia

                                   de la imagen y el pensamiento.

 

 

   antielegía a césar moro

 

                           porque eres un reloj sin manecillas

                                     un bello loto sobre los pantanos.

                                              PIEDAD BONNETT

 

 

                la vida escandalosa de césar moro 

fue tan escandalosa como la vida monástica de los moribundos lectores de poesía.

           él amó con un amor sin género posible.

él amó a la vía láctea y sus fluidos. 

él amó las escorias impuestas a su cuerpo, a su idioma, a su deseo.

           es indudable que llevó una vida escandalosa y desangrada 

entre los pasadizos de su memoria de hilos dorados.

indudablemente bebió también de la enfermedad mental más perniciosa  y optó por limarse

las uñas, sometido a una dulce espera en la que decidió mutar de nombre  y dibujar las

cartas que habrían de convertirse en su temprana radiografía.

                deberíamos leer tan solo una línea de su poética, 

aspirarla y devorar sus bordes, como las bestias de la noche que nacen a sorbos

y buscan en el pentagrama hilado por las estrellas un símbolo que los acerque

al manantial soñado.

            deberíamos llevar vidas escandalosas para nosotros mismos,

sin autofotos ni ropas coloridas que invadan nuestra cada vez menos perfecta soledad.

            bien valdría la pena extraviarse en aquel bosque de palabras.

 

(Los primeros dos poemas son del libro "rumores de un arpa retorciéndose en la hoguera", Dedo Crítico Editores, Lima, 2014. Los tres siguientes corresponden a "muestra de arte disecado", de la Colección de obras ganadoras de la XVII Bienal de Poesía "Premio Copé 2015", Ediciones cope, Lima, 2016. El último corresponde al libro inédito "etapas del espíritu / runas grabadas en la piel”. Roy Alfonso Vega Jácome nació en Lima, en 1988. Estudió Literatura en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Su libro "Rumores de un arpa retorciéndose en la hoguera" obtuvo mención de honor en el VII Concurso Nacional de Poesía “José Watanabe Varas 2011”. En 2015, con su libro "Muestra de arte disecado" (Ediciones Copé, 2016) ganó el Premio Copé de Plata de la XVII Bienal de Poesía. En 2017 ganó el Premio Poeta Joven del Perú).

 

 

Concha García

   

   Retrato fingido

 

Algo de gozo, nunca un latido constante

y la forma de cerrar las ventanas

en un corredor resentido. Parece liviana.

Cuando surge de broches y maquetas es aún

silenciosa, turulata y cambiante

en recorridos viscosos. Parece loable,

sacrifica partículas con un tenaz

balbuceo entre toallas y peines.

Es yerta y fría, poco tocable. Se siente

enervadora y poco lucrativa

si le deja la lluvia panorama distinto.

Descorre camino muy punzón si salida

es tener hipo con asco o si mira

con un deshilvanado interés la espalda

de una gruesa mirada comedora

de ornamentados alfajores. Recorre tu tez

con los dedos. Es larga la costumbre

de poner intervalos. Perdona si sabe.

Dice que nunca se exalta y es brava

la forma de no acentuar en absoluto

las sílabas. Tampoco mora.

Ni habitaría.

 

 

   Un brillo del no

 

He visto romperse cántaros y estaba presente.

Mi cuarto es una playa. Se extiende.

Mi cuarto. Compartí en lugares poco ignotos

la mirada nunca correspondida. Nunca dispuesta.

Mi cuarto no deja de ser un dormitorio

con una cama, en sus garras estuve presente.

Era una geografía limitada por demarcaciones

territoriales. Una parca extensión de terreno

de la que emergía una ciudad con lengua propia

donde pude ver mis dedos

desentendiéndose del sentimiento. Es grave

por ahí comienza todo. Lo vas a tener difícil.

Yo también. Estoy rota.

La belleza es transitoria si no conmueve.

El centro resquebrajado. Las aristas romas.

Me gustaba estar sobre la cama

de mi cuarto, los botines morían.

Yo también, pero era una valentía,

un brillo del no. Me eduqué en la quimera

del sí a todo. El poema es un tragaluz.

Despuntaba el día cuadrilátero.

Nuestras cabezas. Los cántaros.

 

 

   Insatisfacción precoz

 

Avanzábamos serpenteando entre las curvas,

ella se sentó al lado del conductor

y supuso que estaba mal peinada,

pero qué importa. Un marido enfermo

y una casa en la pendiente son razones

para que el cabello sea lo de menos.

Se hincó la tarde en el retrovisor.

Vi una juventud pasada convertida en pelo

y me desasosegó la imagen. ¿He nacido

para cuidar enfermos? Primero fue mi padre.

Sonó la iglesia de lejos, un eco de campanas

impidió que oyese el final del monólogo

aunque era fácil imaginar una turbación

tan inquietante. Las evidencias de la realidad

son motas de polvo en sueños, cuando

se retrocede. Tiene que operarse y no quiere,

¿he de ser también yo quien se lo diga?

¡Ah, los hombres! Yo me arrinconé

en el asiento porque reconocía ese dolor

que transita desde lo hondo, y me dije:

¡Ah, las mujeres! Aparcamos frente a su casa

y vi un balcón que me produjo derrumbe

porque yo no deseaba vivir allí. La tarde

era una tarde de octubre, yo no deseaba,

ni siquiera deseaba que fuese octubre.

 

 

   La sensación de estar viva

   

Mientras permanecía en la habitación

alguien pidió la cuenta. Yo conté

una desgracia absurda a la visita

y se hizo de noche. Parece verdad

verlo ahora.

Tienes sed y un candelabro

la inspiración de un año de vida

en el contorno de un cuerpo

no da entendimiento. Ven.

Juraría que había un mar

y que las velas eran una trampa

para derrotar el aire. Qué bello

fragmento inspirado en una pena.

Debo regresar a las sábanas

pagaremos mañana. Ven.

 

   I

 

Hay varios melocotones en su rama,

una longitud de cielo abarca

el sendero de árboles.

La niña hace en el suelo

un dibujo con hierba.

Si se replegasen las nubes, si hubiese

un poco de agua, si se inclinase

algún tronco. No lo parece.

Años más tarde. No, años no.

Fue al caérsele.

 

   II

 

Lo mismo es en una habitación.

Objetos marcan su ruta.

Habría que dejar que el sol la inundase.

Eso piensa. Eso no piensa.

Resol en las áreas vacías.

Coincidencia. Las mondas del fruto

y todo el ahínco que pone

para que no se dispersen

en el plato.

 

   Fuga

 

Cuando ganó el objeto de su amor

en tropel todas las que fue entraron a un barco.

La rigidez del capitán quiso ordenarlas

pero la neurótica H. se puso a fumar

como si sus dedos descifraran en el humo

el verdadero sentimiento de atemporalidad.

Así, floreció una ristra de ajos, cambió

la bombilla una mano desgajada,

la realidad se hizo invisible

y tomó mil aspectos que en el otro orden

se convirtieron en actos fallidos. Así

ver el mar, por ejemplo, todo marrón,

motivó que un olvido respecto a quién era

le hiciera mirar hacia un horizonte ladeado.

Y formó un hogar del deambuleo.

 

--

 

Cruje el tiempo.

Lo cercano se resquebraja.

Parte de un lugar el dedo

que no tiene mapa.

Se aspereza la causa

que lo movía todo.

La raya del vestido

se hunde en la plancha.

Levanta el vuelo

la piel que lo habitaba.

 

--

 

No es deseable dejarlo de sentir.

Si así sucediera hay  pescadores

que con una sola caña capturan

cada tarde tres hermosas piezas

de menos de seiscientos gramos,

al coletear se rozan sin golpearse

el mar no pierde volumen

los vierten sobre un plástico

sus escamas brillan.

Varios autos circulan

unos metros más allá, cuando la rada

se inclina un poco y aún no es tarde.

 

(Concha García nació en la Rambla en Córdoba, España. Es licenciada en Filología Hispánica por la Universidad de Barcelona, donde reside. Obtuvo los premios Aula Negra, de la Universidad de León, Barcarola y Jaime Gil de Biedma. Sus obras de poesía más recientes son “Acontecimiento”, Tusquets, 2008; “El día anterior al momento de quererle”, Calambur, 2013; “Las proximidades”, Calambur, 2016. Además, “Ya nada es rito y otros poemas (1997-2003)”, una antología, fue reeditada en 2017. También publicó en Argentina, “Un brillo del no y otros poemas”, por Ediciones en Danza. Asimismo, es autora de antologías de poesía de la Patagonia argentina).

Un poema para 2018 (III)

 

  Poetas y lectores de La Poesía Alcanza aceptaron nuestra invitación y proponen poemas para cruzar el umbral y recibir el Año Nuevo. Algunos escribieron especialmente un poema alusivo y lo enviaron. Otros eligieron poemas escritos con anterioridad. Otros, autores y poemas de su preferencia. Esta es la tercera serie que se debe a esas propuestas. A todos y todas, por igual, muchas gracias.

 

   Pablo Neruda

 

   Oda a las gracias

 

Gracias a la palabra

que agradece,

gracias a gracias

por

cuanto esta palabra

derrite nieve o hierro.

 

El mundo paecía amenazante

hasta que suave

como pluma

clara,

o dulce como pétalo de azúcar,

de labio en labio

pasa

gracias,

grandes a plena boca

o susurrantes,

apenas murmulladas,

y el ser volvió a ser hombre

y no ventana,

alguna claridad

entró en el bosque.

fue posible cantar bajo las hojas.

Gracias, eres la píldora

contra

los óxidos cortantes del desprecio,

la luz contra el altar de la dureza.

 

Tal vez

también tapiz

entre los más distantes hombres

fuiste.

Los pasajeros

se diseminaron

en la naturaleza

y entonces

en la selva

de los desconocidos,

merci,

mientras el tren frénetico

cambia de patria,

borra las fronteras,

spasivo,

junto a los puntiagudos

volcanes, frío y fuego,

thanks, sí, gracias, y entonces

se transforma la tierra en una mesa.

una palabra la limió,

brillan platos y copas,

suenan los tenedores

y parecen manteles las llanuras.

 

Gracias, gracias,

que viajes y que vuelvas,

que subas

y que bajes.

Está entendido, no

lo llenas todo,

palabra gracias,

pero

donde aparece

tu pétalo pequeño

se esconden los puñales del orgullo,

y aparece un centavo de sonrisa.

 

   Este poema fue propuesto por Elyzabeth Yoval, de Austin, Texas (@Elyzabeet).

 

 

   Carlos Juárez Aldazábal

 

   Travesía

 

Entonces vendrá un soplo

que hará del barro tu destino

y tu destino será la sequedad y el agua,

la piel ajada en el umbral de la risa.

 

No se detiene el clamor en el silencio.

Sube amparándose en el muro,

y aunque el mar lo calle de un manotazo

no se detiene ni en la sed, ni en la sal, ni en las heridas.

Por eso se hace canción,

fe puesta a prueba, una y otra vez,

mientras tu geografía cambia y te transmuta.

 

Aunque nunca escaparás del barro:

ni con la arena, ni con el fuego,

ni con tus propios pies.

 

Sólo quedándote renacerás de nuevo.

 

Y el soplo volverá a ser melodía,

preparándote al fin para tu viaje.

 

   El poeta argentino Carlos Juárez Aldazábal propuso este poema, que pertenece a su libro “Piedra al pecho”, publicado por Valparaíso en 2013).

 

 

    Rigoberto Paredes

  

   Mar adentro

 

             A Rafael Rivera                                     

                                                           

 Ya los barcos doblaron                               

 la esquina de las aguas                             

 que miramos unirse                                   

 el cielo arqueado y hondo.                           

 Apenas unas manchas se divisan,                     

 pero aquí, entre nosotros,                            

 presas del abandono,                                 

 manos y voces se alzan todavía amorosas.             

 Los viajeros, en proa, no verán hacia atrás.         

 Otro mundo despunta, otro mundo alto y fresco       

 en la cabeza de todos los viajeros.                 

 Noche y día ojearemos las crestas del aguaje.       

 Talvez el viento arrastre un olor, un silbido,       

 algo de cuanto asimos fuertemente a los pechos       

 que hoy vibran apartados.                           

 Cómo áspera maleza crece el mar en nosotros.         

 Su falso azul revienta en los peñascos               

 y sólo nos devuelve restos de lo perdido.           

 Igual,                                               

 la vida nos envía                                   

 sus rápidas señales,                                 

 a su paso,                                           

 muy lejos de esta orilla. 

 

   Anarella Vélez Osejo, de Honduras (@anarellavelez), propuso este poema de su compatriota Rigoberto Paredes.

 

 

   Camila Charry Noriega

 

   El polvo

 

Te acordarás de la luz inmóvil

sobre el rostro de tu madre,

del mechón sobre su mejilla

impasible a la ola de los dedos,

el soplo de la tarde

en continua fuga;

recordarás sus cejas pulidas

las zanjas en la frente,

su cuerpo todo

llamado a la frontera.

 

Te acordarás del fondo del jardín,

de sus grietas como nervios

que lo han hecho más

oscuro por remoto;

del mantel y sus signos derramados

bajo un pan renegrido

que urdían la promesa de la sed;

del cigarro en su neblina

velando los ojos de tu padre

y de una naranja en cuyas venas

se anunciaba la intemperie.

 

Y del polvo,

cómo flotaba entre la casa

cómo resplandecía insistente

cuando la luz lo recobraba

de lo hondo

como si desde él

la fragilidad de todo

pudiera adivinarse

y su apego a lo más elemental

acentuara el derrumbe de los días.

 

Recordarás que en abril

las nubes se empuñaban

sobre las montañas

y llovía,

mientras ese polvo

como un dios ligero

acababa por cubrir en la cocina

la densidad del fuego.

 

Recordarás este ahora

y el agua en este vaso,

su temblor casi imperceptible

que revela en los objetos

que se observan a través

la opacidad:

un vértigo de extraña aparición

semejante a los prodigios

de lo que te precede.

 

Sabrás que el polvo guarda

el deseo

de lo que hunde;

multiplicidad que reclama

en todo lo que existe

la perdida unidad.

 

   La poeta colombiana Camila Charry Noriega envió este poema, que pertenece a su libro “Arde Babel”.

 

   Ana Muñoz Cubero

 

   2018, tejiendo infinitas redes de humanidad

 

No echaré de menos la injusticia que licua a los débiles.

No dejaré abierta la puerta trasera por la que se cuelan

los malos presagios y las agonías lentas.

No venderé al mejor postor las palabras inmaculadas.

 

Tamizaré los errores, elegiré los aciertos

y no buscaré la estrecha vía

de los malos momentos de un año que expira manchado de sangre.

 

No añoraré, no añorarás el brillo vacuo. Ni los días fatuos,

ni las mentiras a propósito. No ambicionéis el frío del oro.

Hagámonos fervientes discípulos de la religión de los abrazos.

 

Abramos la ventana a la esperanza, a las gentes de bien,

a que el aire frío llene la casa de oportunidades.

Abramos el grifo de la utopía para que la abundancia

inunde los cajones vacíos de quienes respiran, cenan

y sueñan desdicha.

 

Que el año que entra no nos llene de hipocresías inútiles.

Haz, haced pequeñas migas de bondad

para que podamos hallar un camino hacia la cordura.

Quiero que luzca la risa asomada al balcón del 2018.

 

Por ti, por mí y por el mundo

subamos la invisible escalera de la tolerancia.

Peldaño a peldaño tejiendo infinitas redes de humanidad.

  

   Ana Muñoz Cubero (@ContarEnBreve), de Alcalá de Guadaira, Sevilla, Andalucía, España, envió este poema suyo.

   La autora publica textos en: https://contarenbreve.blogspot.com.es/

 

 

   Laura Podadera

 

   Qué extraño lugar es el presente

 

Qué extraño lugar es el presente
que como una ventana abierto está
y los vientos del pasado nos mecen
los cabellos al asomarnos y mirar.

La luz del futuro en nuestra cara
ilumina y calienta nuestra piel
mientras miramos desde la ventana
lo que será y lo que fue.

El año ha pasado como ese gorrión
que de una punta hasta otra de la calle
buscaba con qué alimentar el corazón,
buscaba un huequito donde resguardarse.

Qué extraño lugar es el presente
que igual que la lluvia cuando te moja
en pasado ya se convierte
y es el futuro la que aún no te toca.

Desde él todo parece estar quieto,
lo que fue es una foto que mirar,
y en él creamos los sueños
que en el futuro pedimos alcanzar.

El año ha pasado como todos,
del mismo modo que pasa la vida,
la tierna primavera poco a poco
da paso al verano y su alegría.

Y con la sabiduría de septiembre
los ojos alcanzan a ver
que no hay verano "para siempre"
y entonces empiezan a llover

los colores de la nostalgia de octubre
que alfombran el suelo de añoranza,
leña caída que servirá de lumbre
para calentar las manos de la esperanza.

Qué extraño lugar es el presente,
El tiempo se parece al invierno
no lo ves llegar, pasa siempre,
hasta que el frío te cala los huesos.

Y ves que al fin, ya ha pasado un año,
llegan los propósitos y las enmiendas,
y decimos no volver a abandonarnos,
cumplir al fin esas promesas

que nos hacemos una y otra vez 
endeudándonos con nosotros mismos.
Cumpliremos ahora, querer es poder,
este año será distinto.

Qué extraño lugar es el presente,
no dura nada y sin embargo
no acaba nunca ni se detiene.
Es infinito en su acotado espacio.

Y entonces los ojos se nos llenan
de esa cálida ternura infantil
que trae de a poco la certeza
de que la primavera vuelve en abril.

Y tendremos de nuevo un verano
joven y eterno, eternamente joven
que llenará nuestras manos
de agua que no corre.

Y vendrá otra vez septiembre
a separarnos los dedos
para que el agua se cuele
libre entre ellos.

Y volverá de nuevo la esperanza
a calentarnos en Diciembre
que como dijo Cortázar
la esperanza no nos pertenece,
es la misma vida defendiéndose.

 

   Laura Podadera (@laupoda), de Málaga, España, envió este poema.

   Ella publica textos en  http://laupoda.blogspot.com.es

 

Un poema para 2018 (II)

 

  Poetas y lectores de La Poesía Alcanza aceptaron nuestra invitación y proponen poemas para cruzar el umbral y recibir el Año Nuevo. Algunos escribieron especialmente un poema alusivo y lo enviaron. Otros eligieron poemas escritos con anterioridad. Otros, autores y poemas de su preferencia. Esta es la segunda de al menos tres series que se deben a esas propuestas. A todos y todas, por igual, muchas gracias.

 

    José Emilio Pacheco

 

   Inmemorial

 

El misterioso día

se acaba con las cosas que no devuelve.

 

Nunca nadie podrá reconstruir

lo que pasó ni siquiera en éste

más cotidiano de los mansos días.

 

Minuto, enigma irrepetible.

 

Quedará tal vez

una sombra, una mancha en la pared,

vagos vestigios de ceniza en el aire.

 

Pues de otro modo qué condenación

nos ataría a la memoria por siempre.

 

Vueltas y vueltas en derredor de instantes vacíos.

 

Despójate

del día de hoy para seguir ignorando y viviendo.

 

   “Inmemorial”, del poeta mexicano José Emilio Pacheco, fue propuesto por Nicolás Peralta, de Nicaragua.

 

 

   Pere Gimferrer

 

   Band of angels

 

Un jazmín invertido me contiene,

una campana de agua, un rubí líquido

disuelto en sombras, una aguja de aire

y gas dormido, una piel de carnero

tendida sobre el mundo, una hoja de álamo

inmensamente dulce, cuanto puede

vegetal y callado remansarse

sobre nuestras cabezas, y la sien

y los labios y el dorso de la mano

ungir de luz:

                     Tú llegas.

                                      Mía, mía

como el árbol del cielo de noviembre,

la lluvia del que en sus cristales óyela

y piensa en ella, el mar de su eco lóbrego,

el viento de la cueva donde expira

y se sume, pasado el planisferio,

la luz de su reflejo en un estanque,

el astro de su luz, del tiempo el hombre

que lo vivió y luchó para ganarlo,

ganando aquél, del silencio la música

que un instante ha cesado y se retiene

para volcarse luego, un solo río,

una sola corriente de oro en pie,

inmóvil y cambiante, tal el signo

de la centella en el recuerdo, cuando

la pensamos y fue, sobre la tapia

en cal de nuestra infancia, un aro roto,

y aquel fulgor estremeciendo el aire,

caliente en las mejillas, glacial luego,

cuando la lluvia en chaparrón nos vence

y vence a nuestra infancia:

                                               toda mía

como esa infancia que no tuve, el ruido

de una máquina al coser, tarde perlada

de cansancio, cortinas fantasmales,

unánime el pasillo hacia el balcón

y la calle entre rejas, un perfil

desconocido, el mío, y en sus ojos

otra luz de leyenda, un mundo, salas,

caminos, rosas, montes, arboledas,

tapices, cuadros, parques de granito,

abanicos abiertos, tumba abierta

como un ángel de mármol, tumba abierta

con coronas y versos, tumba abierta

de un niño, tumba oscura, aún mi pelo

rizado estaba, tumba abierta al cierzo

y la lluvia de otoño, verdes eran

ya mis ojos, en mi boca había un lirio,

tumba abierta de barro removido,

paletadas de estiércol en los ojos

de un niño, tumba abierta, venid todos,

murió en noviembre y llueve en su piel blanca

llueve con la dulzura del otoño

y el dolor de la infancia que no tuve

y hoy sueño para ti,

                                   pues era mía,

mía como lo más mío de mí mismo.

Yo te he esperado años, y no importa

(no debiera importar) que sin tu luz

permanezca unas horas, escribiendo

poemas al azar, mientras te sé

con otras gentes -¿tú la que me sueño,

o la que eres?- ida, ajena, en este

país tan tuyo de metal y sombra

donde no puedo entrar, en este tiempo

vivido sólo por y para ti,

el tiempo de sala de concierto

donde entraste aquel día, y bruscamente

te vi partir, sabiéndome a tu lado

y queriéndome aún, más desde lejos,

donde imposible no sonó mi paso

ni mi respiración de amor llegaba

a tus cabellos, desde el centro mismo,

de la otra vida, el corazón magnético

que envolvía en un círculo, hacia arriba,

sala y rostros y música ya ti.

No debiera importarme que no tenga

de este modo en las horas que tú vives

lejos de mí, fiel a tu vida propia,

para luego en la luz de amor transida

de mis ojos reconocerte en mí

y latir al unísono los pulsos,

astros, flores y frutos del amor;

no debiera importarme, mas no sé

dar al olvido tantos años muertos,

tanta belleza inútil, pues no vista

ni gozada contigo, tanto instante

que no sentí, pues no sentí a tu lado,

toda mi vida antes de abrirme a ti:

este jardín, esta terraza misma,

el vientre tibio de la noche fuera,

las ubres ciegas del pasado, el agua

latiendo al fondo de un poema, el fuego

crepitando en la cumbre de un poema,

la cruz donde confluye el elemento,

el círculo o conjuro cabalístico,

la pezuña del diablo, los ardides

que con mi amor fabrican poesía

como metal innoble.

                                    Veo el claustro

ya en silencio a esta hora de la tarde,

mágico en la distancia y la memoria,

arropado de sombras indecisas,

y tú saliendo, tu cabello suave

que ahuyenta las brujas, tu mirada

vertida en algo más allá de ti,

la astral fosforescencia de tus dientes,

el hielo dulce y terso de tus labios,

todas las dalias que en tu piel expiran

y en cada pliegue de tu cuerpo, y toda

la piedad que tus manos me conceden.

Irreductiblemente, ¿cómo ves

al que te espera, con tus ojos puros?

Supiera esto, y tú serías mía,

y al esperarte ahora, en esta tarde

que existe sólo porque existes tú,

la luz que confabula este poema

incendiaría nuestra soledad.

Ven hasta mí, belleza silenciosa,

talismán de un planeta no vivido,

imagen del ayer y del mañana

que influye en las mareas y los versos;

ven hasta mí y tus labios y tus ojos

y tus manos me salven de morir.

 

   “Band of angels”, del poeta catalán Pere Gimferrer, fue publicado en el libro "Arde el mar", de 1966. Fue propuesto por el poeta argentino Agustín Mazzini.

 

 

   Pamela Bustíos

 

   En tránsito

 

La vida nos tiene andando, explorando

con las manos agitadas por el viento,

derramando alegrías y quebrantos,

el corazón latiendo en reconocimiento.

 

Y es que estamos aquí para vernos,

para captar nuestros olores carnales.

Estamos danzando al compás de los cerros,

de la melodía de nuestras visiones siderales.

 

Pasa el tranvía llevándose nuestros sueños;

unos asoman sus venas en busca de luz,

los retraídos se cubren y se hacen pequeños

mientras desparecen cargando su cruz.

 

Pasamos días en busca de aventuras,

pasamos años exponiendo razones.

Vivimos en colores fomentando locuras

atendiendo a las vibraciones de los corazones.

 

Travesías, treguas, palabras de mil sabores,

explayando las miradas con un propósito.

Y es que somos cuerpos excitando motores,

sin temor de encontrarnos en tránsito.

 

   Pamela Bustíos, quien nació en Lima, en 1975, y reside en Miami, propuso este poema suyo. Ella publica en el espacio:

   http://paraderomercurial.tumblr.com

 

   Cristina Díez Fernández

 

   Espera(nza)

 

No esperes a que me rompa

para saber qué guardo dentro.

No esperes a que mis palabras

sean sólo el eco de un todo diluido.

No esperes a ver una sonrisa disimulada

para saber que me estoy cosiendo y duele.

 

¿Qué les digo a mis manos,

si mi corazón no entiende?

¿Qué les digo a las letras

que gritarían y no saben?

¿Qué camino les digo a mis ojos sigan

si lloran por tener el infierno a su altura?

 

Y como aquella vez, aquí me tienes

escribiéndote desde la sencilla ilusión

de quien cree que mañana sí,

habrá algo nuevo bajo el sol.

 

   Cristina Díez Fernández (@LaraenREM), española, propuso este poema suyo.

   Ella publica en el espacio: https://valkiriaypunto.wordpress.com/

 

   Diana Letícia Flores Azuara

 

   Pisa fuerte

 

Somos pestañas en movimiento, que no se crean ni se destruyen tan solo se

   transforman

un giro en la ventana del ayer que se va alejando, un mosaico con líneas sonoras

   infinitas,

somos nuestras propias vías al pasar los trenes, huellas en un país lluvioso,

y las mejores pistas escondidas por el asesino, camuflaje multicolor,

y somos todo aquello que permanece dentro cuando todo se mueve fuera;

lanza la moneda al cielo y nos crecen dientes de leche,

quiero creer en las nuevas estaciones al terminarse las uvas.

Quiero sentirme inquebrantable ante

cualquier ciclón, necesito nuevas y mejores encrucijadas porque fracasar es salir ileso, aplaudir por la gota que colma el vaso y mantenerse así cerca de todo lo que nos

   mantenga flotando, besar a la siguiente

en la fila de mis preguntas, creer en la magia

sin sombreros ni baritas, pues ahora son las puertas que tocan a nuestros corazones pues quieren bailar con la nueva luna enamorada,

como el capitán que grita tierra a la vista,

convivir con nuevas máscaras y descocer disfraces, soltar el telón con los ojos

   cerrados, pues la continuación no pide prisas,

deja de buscar y presta atención a lo encontrado, pues la magia de lo que debe ser

   siempre te encuentra, ser lugares que aunque no lo sean,

ahí, todo parezca posible, el ideal de expresar a facturas acabadas

cada vez que laten el pensamiento y el corazón, sin segundas

   y a manos abiertas,

sin cajones de fuego ni banditas en los labios, pues el mundo gira por quienes hacen

   lo que sienten incluso con todas las suturas encima…

qué sería el futuro sin el pasado, pues nunca es tarde ni temprano

y eso es todo lo que sé del tiempo,

así que, pisa fuerte comenzando Enero, abrígate Febrero, rueda y vuela Marzo, coquetea Abril, perdona, olvida y brilla Mayo,

salta la cuerda y ensucia tus manos Junio, raspa tus rodillas Julio, aprende y emprende Agosto, tambalea en tacones Septiembre,

grita Octubre, cuestiona Noviembre, responde y lánzate sin barandillas Diciembre, hazte polvo y comienza.

 

   Diana Letícia Flores Azuara, de Pachuca de Soto, Hidalgo, México (@dianalefaz @sollariumle), envió este poema suyo para la presente selección.

 

Un poema para 2018

  

   Poetas y lectores de La Poesía Alcanza aceptaron nuestra invitación y proponen poemas para cruzar el umbral y recibir el Año Nuevo. Algunos escribieron especialmente un poema alusivo y lo enviaron. Otros eligieron poemas escritos con anterioridad. Otros, autores y poemas de su preferencia. A todos y todas, por igual, muchas gracias.

  

   Jorge Luis  Borges

 

   Final del año

 

Ni el pormenor simbólico

de reemplazar un tres por un dos

ni esa metáfora baldía

que convoca un lapso que muere y otro que surge

ni el cumplimiento de un proceso astronómico

aturden y socavan

la altiplanicie de esta noche

y nos obligan a esperar

las doce irreparables campanadas.

 

La causa verdadera

es la sospecha general y borrosa

del enigma del Tiempo;

es el asombro ante el milagro

de que a despecho de infinitos azares,

de que a despecho de que somos

las gotas del río de Heráclito,

perdure algo en nosotros:

inmóvil.

 

 

   Pablo Neruda

 

    Oda al primer día del año

 

Lo distinguimos

como

si fuera

un caballito

diferente de todos

los caballos.

Adornamos

su frente

con una cinta,

le ponemos

al cuello cascabeles colorados,

y a medianoche

vamos a recibirlo

como si fuera

explorador que baja de una estrella.

 

Como el pan se parece

al pan de ayer,

como un anillo a todos los anillos:

los días

parpadean

claros, tintineante, fugitivos,

y se recuestan en la noche oscura.

 

Veo el último

día

de este

año

en un ferrocarril, hacia las lluvias

del distante archipiélago morado,

y el hombre

de la máquina,

complicada como un reloj del cielo,

agachando los ojos

a la infinita

pauta de los rieles,

a las brillantes manivelas,

a los veloces vínculos del fuego.

 

Oh conductor de trenes

desbocados

hacia estaciones

negras de la noche.

este final

del año

sin mujer y sin hijos,

no es igual al de ayer, al de mañana?

Desde las vías

y las maestranzas

el primer día, la primera aurora

de un año que comienza

tiene el mismo oxidado

color de tren de hierro:

y saludan

los seres del camino,

las vacas, las aldeas,

en el vapor del alba,

sin saber

que se trata

de la puerta del año,

de un día

sacudido

por campanas,

adornado con plumas y claveles.

 

La tierra

no lo

sabe:

recibirá

este día

dorado, gris, celeste,

lo extenderá en colinas,

lo mojará con

flechas

de

transparente

lluvia,

y luego

lo enrollará

en su tubo,

lo guardará en la sombra.

 

Así es, pero

pequeña

puerta de la esperanza,

nuevo día del año,

aunque seas igual

como los panes

a todo pan,

te vamos a vivir de otra manera,

te vamos a comer, a florecer,

a esperar.

Te pondremos

como una torta

en nuestra vida,

te encenderemos

como candelabro,

te beberemos

como

si fueras un topacio.

 

Día

del año

nuevo,

día eléctrico, fresco,

todas

las hojas salen verdes

del

tronco de tu tiempo.

 

Corónanos

con

agua,

con jazmines

abiertos,

con todos los aromas

desplegados,

sí,

aunque

sólo

seas

un día,

un pobre

día humano,

tu aureola

palpita

sobre tantos

cansados

corazones,

y eres,

oh día

nuevo,

oh nube venidera,

pan nunca visto,

torre

permanente!

 

   Poemas propuestos por Yennifer Correa, de Caracas, Venezuela (@Yennifercc).

 

--

 

   Trinidad Gan

 

   Carta para Año nuevo

 

Quizá sea el momento, me decías,

de pintar niñas tristes.

 

Parado ahí de pie, mientras detienes

las agujas del año que se acaba

con una de tus manos y la otra

tantea la culata del arma del olvido,

sientes pasar el mundo y su desorden.

 

Tus ojos miden sombras esta noche

sin recordar ahora que, tras ellas,

otros ojos fabulan laberintos

de deseos antiguos por cumplir.

 

Y es preciso decirte que no busques

cama y cuarto en la desesperanza.

 

Que sigas combatiente, bien plantado

en el centro del mundo, tan alerta,

sosteniendo como el ángel que eres

la serpiente del día por venir,

curioso todavía como un niño

que descubre su imagen en las aguas

y espera tercamente la luz y la alegría.

 

   Trinidad Gan, nacida en Granada, España, envió especialmente este poema. En noviembre de 2017 obtuvo el XX Premio de Poesía Generación del 27.

 

--

 

   Manuela Calle

 

   El muelle

 

Adiós, adiós.

Ya me voy

Me despido de mí

Y de lo que estas tardes

Parecieron decirme.

 

Adiós, que viene el barco

Y es hora de zarpar

Hacia los verdes valles

Y las nuevas promesas

Que el alba traerá

 

Adiós, días grises

Adiós, memorias insípidas

Que ha pasado ya su hora

De oscuridad y silencio

Y ha llegado la vida.

 

Adiós, que esto no es todo

Las certezas y los olvidos

Los sueños y las derrotas

Todo lo vivido

No es todo.

 

Adiós, amaneceres viejos.

Adiós, adiós.

 

   Manuela Calle (@mcalle87), de Medellín, Colombia, envió  este poema, específicamente para esta edición.

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