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Manuel Bandeira: lo que yo veo

 

   Poema del callejón

 

¿Qué importa el paisaje, la Gloria, la bahía,

    la línea del horizonte?

Lo que yo veo es el callejón.

 

 

   Madrigal con mucha gracia

 

Teresa, eres la cosa más linda que vi hasta hoy en mi vida, inclusive

   el conejillo-de-indias que me dieron cuando tenía seis años.

 

 

   El último poema

 

Así querría yo mi último poema

 

Que fuese tierno diciendo las cosas más simples y menos intencionales

Que fuese ardiente como un sollozo sin lágrimas

Que tuviese la belleza de las flores casi sin perfume

La pureza de la llama en que se consumen los diamantes más límpidos.

La pasión de los suicidas que se matan sin explicación.

 

  

   Estrella de la mañana

 

Yo quiero la estrella de la mañana

¿Dónde está la estrella de la mañana?

Mis amigos mis enemigos

Busquen la estrella de la mañana

 

Desapareció iba desnuda

¿Desapareció con quién?

Busquen por todas partes

 

Digan que soy un hombre sin orgullo

Un hombre que acepta todo

¿Qué me importa?

Yo quiero la estrella de la mañana

 

Tres días y tres noches

Fui asesino y suicida

Ladrón, falsario, indecente

 

Virgen mal sexuada

Atribuladora de los afligidos

Jirafa de dos cabezas

Pecad por todos pecad con todos

Pecad con los granujas

Pecad con los sargentos

Pecad con los fusileros navales

Pecad de todas maneras

Con los griegos y con los troyanos

Con el padre y con el sacristán

Con el leproso de Pouso Alto

 

Después conmigo

 

Te esperaré con kermeses novenas jineteadas

   comeré tierra y diré cosas de una

   ternura tan simple

Que tú desfallecerás

 

Busquen por todas partes

Pura o degradada hasta la última bajeza

Yo quiero a la estrella de la mañana.

 

 

   Momento en un café

 

Cuando pasó el entierro

Los hombres que estaban en el café

Se sacaron el sombrero maquinalmente

Saludaban al muerto distraídos

Todos estaban vueltos hacia la vida

Absortos en la vida

Confiados en la vida.

 

Sin embargo uno descubrió con un gesto amplio y despacioso

Mirando el ataúd largamente

Este sabía que la vida es una agitación feroz y sin finalidad.

Que la vida es traición

Y saludaba a la materia que pasaba

Liberada para siempre del alma extinta.

 

 

   Manzana

 

Por un lado te veo como un seno marchito

Por el otro como un vientre de cuyo ombligo

   aún cuelga el codón placentario

 

Eres roja como el amor divino

 

Dentro de ti en pequeñas pepitas

Palpita la vida prodigiosa

Infinitamente

 

Y queda tan simple

Al lado de un cubierto

En un cuarto pobre de hotel.

 

 

 

   A Mário de Andrade ausente

 

Anunciaron que moriste.

Mis ojos, mis oídos lo atestiguan:

El alma profunda, no.

Por eso no siento ahora tu ausencia.

 

Sé bien que ella vendrá

(Por la fuerza persuasiva del tiempo).

Vendrá un día de súbito,

Sin que la adviertan los demás.

Así, por ejemplo:

Se conversará en la mesa de una cosa y otra,

Una palabra lanzada al azar

Golpeará en la franja de los lutos de sangre,

Alguien preguntará en qué estoy pensando,

Sonreiré sin decir que en ti,

Profundamente.

 

Por eso no siento ahora tu ausencia.

 

(Siempre es así cuando el ausente

Partió sin despedirse:

Tú no te despediste.)

 

Tú no has muerto: te fuiste.

Diré: Hace tiempo que no escribe.

Iré a Sao Paulo: no vendrás a mi hotel.

Imaginaré: Está en la quintita de San Roque.

Sabré que no, te fuiste. ¿A otra vida?

La vida es una sola. La tuya continúa

En la vida que viviste.

Por eso no siento ahora tu ausencia.

     

(Mário de Andrade fue poeta y novelista. Nació en 1893 en Sao Paulo, donde murió en 1945).

 

(De "Poesía Latinoamericana Contemporánea", colección "Los Grandes Poetas", Centro Editor de América Latina, Buenos Aires, 1988. Manuel Bandeira nació en Recife, en 1886, y murió en Río de Janeiro, en 1968. Sus primeras publicaciones de poesía datan de 1917. En 1922, cuando se realizó la Semana de Arte Moderno en San Pablo, se negó a participar, aparentemente en desacuerdo con una gestión y administración de la cultura en manos de las clases dominantes. Sin embargo, envió un poema, "Os sapos", que tuvo gran repercusión. Fue también novelista. Tuvo a su cargo numerosas antologías de la poesía brasileña y fue integrado, a su vez, a muchas otras editadas en su país y en otras naciones. Escribió también narrativa y teatro, y fue asimismo traductor).

Debe el amor vencer

 

  Edgar Bayley

 

 

   En Común

 

   6

 

a cuanto hemos vivido

los cuerpos oponen sus últimas páginas

al pasar

los hábitos de tu nombre se inclinan sobre mi boca

y todas las ventanas respiran cuando nacemos cada noche

duramos en torno a nuestros brazos

comienzan las palabras a cada seducción de los cabellos

nacemos en la calle en el humo de las risas

nuestro amor atraviesa las alas de los días festivos

 

 

   2

 

ninguna soledad existe

ningún eco de los ojos

unidos sobre las manos

los nombres

para sostener lo mejor de cada uno

 

tu evidencia prolonga la tierra

tus labios halagan el sobresalto

tu alegría

tu tristeza

extreman la libertad de los refugios

tus puertas han desplegado sus molinos vivientes

tus palabras guardan para todos el hábito de las pupilas

esta noche te rodea como el curso de un río

 

 

   Nos conocemos

 

tardo en convencerme de que existes

que estás ahí

mientras el fuego arde

y el puente y la orilla acercan sus extremos

y el agua continúa

amanece

dice sí

 

me convenzo del fuego

me convenzo del agua

del vapor

del crisantemo

de la alondra

del suelo que abandono

me convenzo del aire

del caracol

de la noche

me convenzo del sí

de la esperanza y el mar

 

me convenzo de que existo

porque existes

estás resides viajas

 

tardeo en convencerme

pero llego al equinoccio

al sol de tus brazos

y el colibrí se extiende

nos conocemos

a pleno día

a cada instante

 

(De “Obras”, con presentación de Francisco Madariaga, prólogo de Rodolfo Alonso y estudio preliminar de Daniel Freidemberg, Grijalbo Mondadori, Buenos Aires, 1999. Edgar Bayley nació en Buenos Aires, en 1919. Identificado con el vanguardismo, fue cofundador de la revista “Arturo”, en 1944. Fue también un estudioso de la poesía, lo que se expresó en el ensayo “Realidad interna y función de la poesía”, publicado en 1952. Fue también dramaturgo. “Obras” es una gran expresión de su obra poética. Incluye "En común" (1944-1949), "La vigilia y el viaje" (1949-1955), "Ni razón ni palabra" (1955-1960), "El día" (1960-1963), "Celebraciones" (1968-1976), "Nuevos poemas" (1977-1981), "Alguien llama" (1981-1983), "Algunos poemas más" (1984-1990), "Otros poemas", "Poemas inéditos", "Vida y memoria del doctor Pi", "Otras historias". También las piezas teatrales "Burla de primavera", "Farsa de Isopete y el sastre" y "Dulioto -en cinco momentos-", y una serie de ensayos, reflexiones y relatos. Bayley murió en Buenos Aires, en 1990).

 

 

   Rafael Cadenas

 

 

   Fragmentos

 

   31

 

No hay enigma. El tiempo es ella sobre la arena.

 

 

   Recuento

 

   (9)

 

De la insidiosa hojarasca emerge tu rostro.

Guirnalda para ti que regresas desnuda de lo que me quité.

Mujer, la más despojada. Ardiente exactitud.

 

--

 

Llegas

no a modo de visitación

ni a modo de promesa

ni a modo de fábula

sino

como firme corporeidad, como ardimiento,

          como inmediatez.

 

--

 

En tu reino

todos los días se vuelven suficientes.

 

--

 

Traes el espacio

donde el solo existir

sobrepasa todo quehacer.

Secreta religión del asombro

que devuelve a las manos la tierra de origen.

 

--

 

Destruye

la retórica del amante

y hazlo venir a pie, desnudo, sin arrimo,

a tu recio descampado.

Que pruebe a sostenerse ahí,

que sienta tu frío,

que vele.

 

--

 

Amante,

amante

en mí

sin tallar

como ignorado ícono.

Oigo decir que debo verte,

pero en mi mano

sólo está

rendirse.

 

(De “Antología”, con selección y prólogo de Luis Miguel Isava, Altazor, Monte Ávila Editores Latinoamericana, Caracas, 1981. Rafael Cadenas nació en Barquisimeto, estado de Lara, Venezuela, en 1930. Publicó su primer libro en su ciudad natal cuando contaba apenas 16 años. La dictadura de Marcos Pérez Jiménez lo encarceló por su adhesión al Partido Comunista y finalmente se exiló en la Isla de Trinidad. En 1958, un año después de su regreso al país, publicó “Una isla”, y en 1960 apareció “Los cuadernos del destierro”, reeditado en 2001. Siguieron “Derrota”, “Falsas maniobras”, “Intemperie”, “Memorial”, “Amante”, “Dichos” y “Gestiones”. Asimismo, se publicaron antologías suyas en 1993, 1996 y 1999, además de la que se reporta en esta publicación. También se editó “Poemas selectos”, en 2004, 2006 y 2009. Cadenas es además ensayista y profesor universitario. Recibió el Premio Nacional de Literatura, en el rubro poesía, en 1985; la Beca Guggenheim, en 1986, el Premio Internacional de Poesía Juan Antonio Pérez Bonalde, en 1992; el premio de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, México, en 2009, y el premio Federico García Lorca en 2016).

Reynaldo García Blanco

  

   Animal común

 

He dejado de ir a la Iglesia

y me pongo a regar el jardín en las tardecitas

No recibo cartas que me hablen de la niebla

o de los papalotes encima de los cordeles

 

Subo

y bajo unas escaleras que no me llevan al cielo

Debo revisar mi cuenta bancaria

quitar el lodo de la puerta

comprar un espejo

 

Dios sabe estas cosas

y vuelvo al jardín

y tengo miedo

 

 

   Habanera (Tristísima)

 

Cristo de la Habana

baja un momento

y cruza esta bahía

esta rumorosa bahía

y mira

a estas muchachas

estas tristes muchachas

que estallan en los dólmenes

y son pálidas

y leves.

Cristo de la Habana

abre tus brazos

y comienza a decir un Padre Nuestro

—el de Mario Benedetti o el de la Madre Teresa—

no importa cuál

tan sólo un Padre Nuestro

por estas muchachas

que se van a morir como una hoja de laurel

como un arco iris a las doce de la noche.

Cristo de la Habana

asómate a este pedazo de país

no mires los autos que pasan

no mires los ciclones que se alejan

fíjate en estas muchachas con luna en los labios

fíjate en estos ángeles

que no van a tener sitio en el paraíso.

Cristo de la Habana

regálame un mapamundi

un astrolabio

una bola mágica para entender esta bahía

y estas muchachas

estas tristes muchachas

que a tus pies

Cristo de la Habana

Se van a morir como una hoja de Laurel

como un arcoiris a las doce de la noche.

 

Mi padre bebe té con bergamota y no sabe...

 

 

   No morir hasta haberlo visto todo

 

Mi mujer cantando Alfonsina a las diez de la noche

Unas muchachas recostadas a los médanos

Un poeta robándose las obras completas de Severo Sarduy

Tres prostitutas en Medellín que me confunden con un nicaragüense

Un ciego de espaldas al mar

Fayad Jamis leyendo El ahorcado del Café Bonaparte

Una librería con todo Borges y Los alimentos terrestres de Gide

Un pingüino muerto en las costas de Talcahuano

Otra vez mi mujer haciendo pajaritas de papel

Mi madre tendiendo unas sábanas blanquísimas

Un policía leyendo a Rainer María Rilke

Thiago de Melo y María de Aparecida preguntándome por Cuba

Mi padre a punto de morir bebiendo té con bergamota

Una mesa llena de uvas negras y otras ambrosías desconocidas por mí

Tres mendigos sonrientes en la Avenida paulista

Dos revistas Orígenes en la Librería Renacimiento

Unas vacas nadando en el mar de Manzanillo

Un tren francés roto en las llanuras de Camagüey

Un vendedor de agujas con poemas publicados

Un ciervo herido que busca en el zoológico amparo

Mi hermana a la salida de un quirófano

La Plaza de la Revolución vacía y oscura

Los muros del Moncada a las tres de la tarde y en agosto

Esto he visto yo y espero no morir hasta haberlo visto todo.

 

 

 

   Mar de junio

 

 Si a la mar de junio yo me fuera

como un Mariano Brull que se quita la camisa

si yo me fuera sin tricornio sin bastón

así no más a la mar de junio

que no sea lunes ni menguante sobre la cabeza

solo bojear la isla ver los plátanos sonantes

las palmas imposibles

las muchachas que enardecen las costas

dar vivas por la espuma.

Si a la mar de junio

Yo me fuera

 

 

   Caracol

 

Esto es un poema que tiene que ver con mi mujer

(Esos pedazos de ternura que Dios nos regala cada cien años)

Pero en realidad es un poema amargo

y tiene que ver con un caracol

les cuento

 hace unos días

mi mujer fue a la playa con unas amigas

a meditar

a tratar de arreglar el mundo desde la fe

 y yo le pedí humildemente un caracol

no importaba que fuera terrestre o lunar yo quería simplemente un caracol pero mi

mujer llegó con las manos vacías y el espíritu alto

ahora repaso esos breves regalos que uno acumula como una herencia

caballitos de ajedrez torres de pizza libros en miniatura

pero no tengo un caracol

 y es por ello que me siento a escribir un poema amargo pero no es contra mi

esposa ni nada parecido yo escribo contra esa amargura de no tener un caracol ni

terrestre ni lunar y pensar que somos una isla que estamos rodeados de lentos

moluscos que miran y sospechan de nuestras pasiones esa misma pasión de querer

tener algo que de repente !zas! así como el que no quiere las cosas se convierte en

madera para escribir un poema amargo por donde desfilan mi mujer unas amigas

una playa y los deseos de tener un caracol.

 

(Reynaldo García Blanco nació el 13 de abril de 1962 en Yaguajay, Sancti Spíritus. Comenzó a publicar poesía en 1990, con "Larguísimo elogio". Entre otros libros, siguieron "Textos para elogiar a la obra y al país", "Perros blancos de la aurora", "Reverso de foto & Dossier" y "Campos de belleza armada". Obtuvo varios premios, entre ellos el José María Heredia, el de La Gaceta de Cuba y el Calendario. En enero de 2017, ganó el Premio Casa de las Américas, que se otorga en su país, por su obra "Esto es un disco de vinilo donde hay canciones rusas para escuchar en inglés y viceversa". Reside en Santiago de Cuba, donde coordina un centro de promoción literaria y un taller, "Aula de Poesía". Participa de la edición de las revistas SIC y El Caserón. Colabora con la emisora local Radio Revolución).

México: no es posible callar

 

   José Emilio Pacheco

 

 

   El reposo del fuego

 

   6

 

¿Hasta cuándo, en qué islote sin presagios,

hallaremos la paz para las aguas,

tan sangrientas, tan sucias, tan remotas,

tan subterráneamente ya extinguidas,

de nuestro pobre lago, cenagoso

ojo de los volcanes, dios del valle

que nadie vio de frente y cuyo nombre

los antiguos callaron?

 

                        ¿Qué se hicieron

tantos jardines, las embarcaciones

y los bosques, las flores y los prados?

                                                           Los mataron

para alzar su palacio los ladrones.

¿Qué se hicieron los lagos, los canales

de la ciudad, sus ondas y rumores?

Los llenaron de mierda, los cubrieron

para abrir paso a todos los carruajes

de los eternos amos de esta tierra,

de este cráter lunar donde se asienta

la ciudad movediza, la fluctuante

capital de la noche.

 

Dijo el virrey: ‘Los hombres de esta tierra

son seres para siempre condenados

a eterna oscuridad y abatimiento.

Para callar y obedecer nacieron’.

 

La injuria del virrey flota en el lodo.

Ningún tiempo pasado ciertamente

fue peor ni fue mejor.

 

 

 

   7

 

México subterráneo… El poderoso

virrey, emperador, sátrapa hizo

de los lagos y bosques el desierto.

 

Hemos creado el desierto: las montañas,

rígidas de basalto y sombra y polvo,

son la inmovilidad.

                             Vibra el estruendo

que hacen las aguas muertas resonando

en el silencio cóncavo.

                                     Es retórica,

iniquidad retórica hasta el llanto.

 

 

   8

 

¿Sólo las piedras sueñan?

                                        ¿Su hosca esencia

es la inmovilidad?

                             ¿El mundo es sólo

estas piedras inmóviles?

 

Roza el aire el cantil para gastarse,

para hallar el reposo. Inconsolable

el descenso del vértigo: marea

de mil zonas aéreas desplomándose.

 

 

   10

 

Hay que darse valor para hacer esto:

escribir cuando rondan las paredes

uñas airadas, animales ciegos.

No es posible callar, comer silencio,

y es por completo inútil hacer esto

antes que los gusanos del instante

abran la boca muda de la letra

y devoren su espíritu.

 

 

   Manuscrito de Tlatelolco

    (fragmento)

 

Muchachas y muchachos por todas partes.

Los zapatos llenos de sangre.

Los zapatos sin nadie llenos de sangre.

Y todo Tlatelolco respira sangre.

 

-Vi en la pared la sangre.

 

-Aquí, aquí Batallón Olimpia.

 

-¿Quién, quién ordenó todo esto?

 

-Nuestros hijos están arriba.

Nuestros hijos, queremos verlos.

 

-Hemos visto cómo asesinan.

Miren la sangre.

Vean nuestra sangre.

 

En la escalera del edificio Chihuahua

sollozaban dos niños

junto al cadáver de su madre.

 

-Un daño irreparable e incalculable.

 

Una mancha de sangre en la pared,

una mancha de sangre escurría sangre.

 

Lejos de Tlatelolco todo era

de una tranquilidad horrible, insultante.

 

-¿Qué va a pasar ahora,

qué va a pasar?

 

 

   Crónica Mexicayotl

 

En otro giro de la procesión

o de la tribu errante que somos,

henos aquí sin nada como al principio.

Sapos y lagartijas nuestro alimento,

sal nuestra vida, polvo nuestra casa.

Añicos y agujeros en la red

Nuestra herencia de ruinas.

Por fin tenemos

que hacerlo todo a partir

de esta nada que por fin somos.

 

(De “Tarde o temprano, poemas 1958-2009”, Colección Nuevos Textos Sagrados, dirigida por Antoni Marí, Tusquets Editores, Ciudad de México, 2010. Esta antología incluye “Los elementos de la noche”, 1958-1962; “El reposo del fuego”, 1963-1964; “No me preguntes cómo pasa el tiempo”, 1964-1968; “Irás y no volverás”, 1969-1972; “Islas a la deriva”, 1973-1975; “Desde entonces”, 1975-1978; “Los trabajos del mar”, 1979-1983; “Miro la tierra”, 1984-1986; “Ciudad de la memoria”, 1986-1989; “El silencio de la luna”, 1985-1996; “La arena errante”, 1992-1998; “Siglo pasado, desenlace”, 1999-2000; “Como la lluvia”, 2001-2008; y “La edad de las tinieblas”, 2009. José Emilio Pacheco nació el 30 de junio de 1939 en Ciudad de México, y murió en ese mismo lugar el 26 de enero de 2014. Su relación con la literatura y sus actividades en ella comenzaron en la revista “Medio Siglo” de la Universidad Nacional Autónoma de México. Posteriormente dirigió colecciones y publicaciones vinculadas con las letras. Se especializó en literatura mexicana del siglo XIX, y estudió al argentino Jorge Luis Borges. Se lo considera uno de los exponentes de la “Generación de los cincuenta”, también llamada “Generación de medio siglo”, junto con Salvador Elizondo, Eduardo Lizalde, Carlos Monsiváis y Sergio Galindo, entre otros escritores. Sus publicaciones de poesía comenzaron en 1963 con “Los elementos de la noche”. Después de la antología “Tarde o temprano”, de 2009, se publicaron “Como la lluvia” y “La edad de las tinieblas”, en el mismo año, y “El espejo de los ecos”, en 2012. Fue también novelista, cuentista, ensayista y traductor. Obtuvo gran cantidad de premios, entre ellos el Cervantes, en 2009, el Internacional de Poesía Ciudad de Granada Federico García Lorca, en 2005, el Iberoamericano de Poesía Pablo Neruda, en 2004, y el Internacional Octavio Paz de Poesía y Ensayo, en 2003).

Augusto Roa Bastos

  

   Los hombres

 

Tan tierra son los hombres de mi tierra

que ya parece que estuvieran muertos,

por afuera dormidos y despiertos,

por dentro con el sueño de la guerra.

 

Tan tierra son que son ellos la tierra

andando con los huesos de sus muertos,

y no hay semblantes, años ni desiertos

que no muestren el paso de la guerra.

 

De florecer antiguas cicatrices

tienen la piel arada y su barbecho

alumbran desde el fondo las raíces.

 

Tan hombres son los hombres de mi tierra

que en el color sangriento de su pecho

la paz florida brota de su guerra.

 

 

   Destino

 

Cada uno cría su íntimo cuervo

en las entrañas de los ojos

así alguno que otro al final

puede contemplar el lado oculto

de las cosas

 

cada uno lleva pegado

a la sed inmemorial de los labios

el trémulo colibrí

de la materia alma

su río de rocío inagotable

 

cada uno está hecho de tierra

de agua de aire de fuego de anhelo

de estiércol

de nada

 

sólo entre tantos no es tan triste

nacer ni vivir

las catástrofes hacen felices

a los profetas

cada uno tiene la suya

muere en su día cada uno

más la persona-muchedumbre

lázaramente se levanta

después de cada cataclismo

cien años más joven

sin ningún artilugio alegórico

 

 

   Nocturno paraguayo


   II

 

Cómo asir esta espina de fuego

incrustada en el alma.

Cómo decir, contar o responder

a preguntas vacías

entre el exasperado desorden

y el inaudible grito que aún nos hiela

la sangre,

que hubo una vez entre palmares y siglos

y jazmines

un país de rocío, una isla de tierra

rodeada de tierra,

el corazón purpúreo de América

del Sur.

La fiebre de los meses manando

por los poros

mancha con un sudor sangriento los pañuelos

que uno lleva a los ojos.

Cómo sin que se caigan a pedazos los labios,

explicar por ejemplo,

que hay cabelleras blancas sobre cabezas

núbiles

y pulmones que aúllan a la muerte

y ojos adolescentes ya de rescoldo y tierra

tiritando apagados

en el fangoso tremedal de los esteros

o bajo el párpado de piedra de las cárceles

llenas hasta los bordes

de su agua humana hambrienta y sedienta.

Lo que agoniza y sufre tiene letras terribles.

entrañas como dientes

y follaje de nervios,

páginas que nos queman la mano, el ojo,

el ánima.

Cómo escribir entonces un reflejo sombrío,

dibujar una boca

que hable y diga y cuente desde el fondo

del pecho

lo que está allí enterrado

bajo espesas cordilleras

de blasfemia y suspiro.

Nada más que la luna

sobre los grandes ríos,

sus pómulos cobrizos, sus profundas ojeras

de pantano y de fiebre;

un pueblo entero entre los bosques

y el silencio

su argamasa espectral empañando

los árboles.

Y esta resina fresca de los muertos

que aprenden a beber a sorbos largos

su lenta eternidad de raíces calladas

chupando en nuestras llagas

su vid de vida, su hiel infiel,

nutriendo en nuestros ojos

su mirar necesario

y final.

 

   III

 

 

Canta el urutaú,

conozco bien su queja solitaria

que hace entre las maderas su aposento,

en el tímpano denso de la noche,

detrás del tiempo, de espaldas

a la luz.

Pero desde el nocturno campanario

del monte,

no dobla por los muertos

sino por los ausentes en lejanos países,

por los vivos que mueren poco a poco

bajo el madero negro de la ausencia.

Porque en la zona roja del tanino,

o en las comarcas del yerbal profundo,

o entre los cocoteros sepulcrales,

suena el sonido puro

de la guerra.

Desde el silencio atado a tantos huesos

que errabundas centellas

agitan por la casa dormida de la noche,

crece el fragor, el vasto son de fuego,

su redoble triunfal.

Más fuerte que el penacho de humo,

más alta que el recuerdo y las palabras,

la fogata natal centellea a lo lejos

y en la noche sagrada dibuja

su reino melodioso.

Un hálito ancestral anda y recoge labios,

anda y recoge pulsos hundidos en la arena,

cose entre las cortezas meteoros caídos

y sobre el terciopelo de la noche

junta estas joyas,

estos eslabones sagrados

que arman la cegadora certeza del triunfo.

La Cruz del Sur está en su sitio,

sube y decora el cielo

desde su empuñadura de miradas y manos;

la sangre combatiente está en su sitio,

el tiempo está en su sitio

y el espacio que falta a nuestros hombros

se llena ya de nuevas frentes

y claridades.

Porque la patria vive

como una gigantesca mano color de tierra;

porque la tierra vive

como una gigantesca llama color de sangre;

porque la sangre vive

como una gigantesca llama color de aurora.

Y en esta luz un pueblo lázaro

se levanta y camina.

 

(De “Poesía”, con prólogo de Jorge Boccanera, colección Musarisca, Ediciones Colihue, Buenos Aires, 1999, y de “Poesías reunidas”, con introducción, bibliografía y hemerografía de Miguel Ángel Fernández, Editorial El Lector, Asunción, 2003. Augusto Roa Bastos nació en Asunción, en junio de 1917, y murió en esa misma ciudad en abril de 2005. Sus primeras publicaciones de poesía datan de 1942.  En 1932, cuando tenía quince años, se fue de su casa para combatir en la Guerra del Chaco, experiencia que quedó expresada después en su novela “Hijo de hombre”, publicada en 1960 y parte de la llamada “trilogía paraguaya” que integraron además “Yo el Supremo” y “El Fiscal”. Después de pasar un período en Europa, en 1947 tuvo que salir al exilio, amenazado por las autoridades. Se radicó en Buenos Aires. Al tiempo que se intensificó su escritura y se multiplicaron publicaciones, comenzó a recibir reconocimientos. Un intento por regresar a su país terminó en la expulsión en 1982, otra vez hacia Argentina. Aunque el dictador Alfredo Stroessner fue derrocado en 1989, él regresó en 1996. Fue también narrador, autor teatral y guionista de cine. El primero de enero de 2017 se puso en marcha en su país un año de homenajes que incluye ediciones, concursos y exposiciones).

 

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