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La Poesía Alcanza

Miguel Gaya, "Cabeza de artista"

 

   Fernando Pessoa se lamenta
   por sus heterónimos

Todo se lo llevaron.
Mis mejores ropas, mis modales, las palabras
del manantial secreto. Esa mañana que no le he ofrecido a nadie
uno de ellos la arrojó al mundo, a las bestias
y los periódicos.
¡Mi secreto de dandy! ¡Mis ridículas poses
ante el espejo!
Mis inexistentes
cartas de amor.

Por donde avanzo, ellos se han adelantado
quemando la hierba, convocando a las gentes
con artificios de circo y de matones.
Llego cuando la estación de trenes está vacía,
los brindis acabaron
y el último camarero me mira a través de la puerta,
descortés y hastiado. Adiós, me señala con la mano,
ya no abrimos hoy.

Cada uno de ellos a cada uno de los cuatro vientos y confines.
Adiós, me dicen también, no te recuerdo.

Entraron a saco en mí, me dejaron
como un espantapájaros. Seco. Viejo.

He vivido la vida que más horror me dio. Me afané
por las calles de Lisboa y no conocí
otras. Cada adoquín fue granito, cada fachada una máscara,
cada máscara,
espejo.

Así he sido, así fui,
y ellos huyeron al galope.

Ahora me siento ante el baúl y voy extrayendo sus rostros.
Me detengo en la engañosa honradez de la frente de uno,
en el gesto sereno de un pedante de provincia,
el ojo estrábico de uno que yo me sé.

Todos existen y yo
desaparezco.

La sombra, al fin, ha sido mi cosecha.

 


   Escuchar a Joan Baez

Ahora mismo tengo
tres veces la edad que tenía
cuando ella cantó para mí.
Y la edad que entonces tenía
no me preparó para escucharla.
Y lo que viví después
tampoco me sirvió para entender lo que oí
o aunque más no sea
para olvidarla.
La escuché tal vez por tres minutos
o a lo sumo cinco,
pero nada de lo que me pasó antes
o de lo que vino después
me ha preparado para vivir
con lo que cantó esa vez
solo para mí.


   Otra lectura

Estoy olvidando algunas cosas.
Cada mañana las cosas que olvido hacen un agujero
y se echan a dormir. No creo que alguna vez acuda
a despertarlas.
En sus agujeros sueñan. De su sueño salen cosas que no olvido.

 

   Varsovia iluminada

A diez mil metros de altura
todas las ciudades se parecen.
Me pregunto si esta de aquí debajo
será Varsovia iluminada,
si acaso estoy
en el cielo de Polonia.
Intento cálculos horarios, derroteros inciertos,
mientras observo la noche por la ventanilla.
Y entonces
quizás por un desfasaje del horario y la percepción
suben y me alcanzan
las luces de Varsovia
iluminada en mayo de 1943
ante explosiones e incendios,
luces de espejos rotos y ojos muertos.
Hay muchos modos de iluminar una ciudad,
me digo, y son todos,
casi,
humanos.


   Bartleby - Melville

Mejor no preguntar. Mejor no responder.
Mejor permanecer
en las orillas del lenguaje.
Como un guijarro
fuera del zapato.
Como un pájaro que abandonó
el vuelo.
Como una flecha sin aire.
Mejor dejarse estar en la intemperie.
Arroparse
en la desesperación
muda.

(De "Cabeza de artista", Ediciones en Danza, Buenos Aires, 2016. Miguel Gaya nació en Ayacucho, provincia de Buenos Aires, Argentina, en 1953. Publicó "La vida secreta de los escarabajos de la playa", en 1982;  Levanta contra el viento la cabeza oscura", en 1983; "Colección Robin Hood", en 1994; "Siluetas en la corriente del río", en 2000; "Los poetas salvajes", en 2003; "Lo efímero y otros poemas inestables", en 2009; "Mediterráneo", en 2010; "El alma y otros lugares", en 2012; y "Cuatro estaciones", en 2013. También fue incluido en varias antologías. Es, asimismo, novelista).

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