• @dianalefaz
    Son tantas las veces que no estamos aquí, donde pisamos
  • @Anadimeana
    Mi próxima línea viene con raíces de rosa del viento
  • @Xhuvia922:22
    Los sauces llorones mojan lo que resta de tu sombra
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  • @cochambrossa
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    No tardes que el silencio arrecia, hoy solo basta con que insinúes un suspiro para volverme agua
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    La poesía saca lo mejor que no tenemos
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  • @entiyparati
    Poner el alma a las palabras y que respires de ellas

La Poesía Alcanza

Marco Antonio Campos/ Se escribe

 

   Se escribe

 

                        a Michael Rössner

 

Se escribe contra toda inocencia

del clavel o el lirio, contra el aire

inane del jardín, contra palabras

que hacen juegos vacíos, contra una estética

de vals vienés o parnasianas nubes.

Se escribe abriéndose las venas

hasta que el grito calla, con llanto ácido

que nace de pronto pues imposible

nos era contenerlo, con luz dura

como rabia azul, quemado el rostro,

destrozada el alma, desde una rama

frágil al borde del precipicio,

               Se escribe.

 

 

   La muchacha y el Danubio

 

Como rama al romperse en el invierno blanco,

corazón lloró a la estrella; triste era el olmo,

y hace muchos años; cuánta fuerza y fiereza

en la adolescencia sin dirección; quién se atrevería

a decir: “Por aquí pasó el vendaval”; Dios creció

las ramas y cortó las hojas para que supiéramos

de la felicidad, si la luz pasa. ¡Ah el Danubio!

Estrella lloraba el corazón. Ella era agua

que sabía a vino; donde llegaba se oía

la luz. Era la estrella en el invierno blanco.

Era blanca y hermosa como el pueblo donde nació.

Ella me queda, me vive en mí, me llama

como un remordimiento.

 

 

   La vida es hermosa

         (Kokkari)

 

El vagamundo tocó los olivos,

las uvas negras, el sol en la vid.

Vio el mar incendiado que lejos

se disolvía en azul vaporoso

hasta ser bruma azul. Tomó en un puño

un puño de tierra, y lentamente

lo dejó por la tierra,

                                lentamente.

Las abejas zumbaban, eran miel,

dulcísimas las uvas, oh verano

innumerable que lo escucho ahora:

“La vida es hermosa como la isla

pero los desfiladeros la cercan”.

 

 

   Entre dos plazas

   (11 de septiembre de 1973-9 de noviembre de 2004)

 

                        a Manuel Silva y Gonzalo Millán

 

Desde el balcón central del palacio de La Moneda, en esta Plaza de la Constitución, Allende se dirigía al pueblo. Nada quedó de entonces, nada.

   En las calles y plazas del centro de Santiago las flores de los ceibos destellan su breve llamarada roja.

   Camino hacia la puerta de La Moneda. Hace treinta y un años caligrafiaba casi a diario un cuaderno de sueños. Todo ha cambiado con las generaciones de los gorriones sucesivos que se paran sobre las ramas. En vez de apuntarme a la cabeza, los carabineros me revisan con un detector.

   Entro. Doy vueltas en torno del Patio de los Naranjos. Me miro caminando entre espectros hasta contra el número 67. Con angustia, el que dirige, mira los aviones. La Moneda se sacude. Se adensan humaredas. Caen las bombas sobre techos y patios. Oigo la llegada de los tanques. Oigo el sonido de las botas de los soldados. El lloro del martes ya desangra el lunes. Entre el fuego cruzado alguien se acerca y me dice al oído: “La historia se repite. Tarde o temprano la historia se repite”.

   Huyo. Salgo a la Plaza de la Constitución. La atravieso. Por las prisas no me doy cuenta de que se cayó de las manos el cuaderno de mis sueños. Siento los soldados detrás de mí, inmediatamente detrás de mí. Las balas zumban. Corro más fuerte por calle Morandé, giro hacia Huérfanos y después a Estado. Entro a Plaza de Armas. En el aire las cartas vuelan como palomas que no saben adónde ir. Un Cristo en llanto sale de la catedral. Me siento en medio de la plaza y recojo una a una las flores del ceibo, y roja es la tarde.

 

   Camino a Otavalo

 

                        A Xavier Oquendo y Gabriel Chávez Casazola

 

Casas en quebradas,

casas mordidas por la roña, casas de tejas sin color

 

¿Por qué en América Latina los árboles

parecen cuellos cortados en el piso?

¿Pero acaso seremos siempre un país sin país?

Dios migró de aquí hace mucho y se fue por

el camino de la niebla donde nadie vuelve

¿Para qué esperar al que estuvo lejos

y no quería volver a contemplar lo que hizo?

 

De Carapungo a Calderón

se alza una parroquia

para que el nómada y el solitario

recojan la hierba seca

 

Un momento, les digo:

la caída azul de una golondrina pequeñísima

es una herida en el paralelo cero

 

Tremolas y espejean

                                   las hojas de los árboles

con el aire y sol de junio

 

Cactus elevados, manchas de hierba,

piedra calcárea en las montañas,

arbustos ásperos que espinan

 

Se huele la quemadura del rastrojo

 

A veces la vida es tranquila como un punto y aparte

No sigas a Ibarra. ¿Para qué?

Desde lo alto Otavalo te parece

un cuadro en miniatura

 

Es tal la claridad del lago que

se reflejan intactas las casas en las aguas

La niebla, con pies blancos,

sube despacio

al cráter del volcán

 

Uno ignora, o apenas si percibe, que

la mayor parte de la vía la anduvo a ciegas

 

¿Pero cómo vine aquí?

 

(De “¿Dónde quedó lo que yo anduve?”, el suri porfiado, de Argentina, y Círculo de Poesía, revista electrónica de literatura, de México, Buenos Aires, 2016. Marco Antonio Campos nació en Ciudad de México, en 1949. Es también narrador, ensayista, traductor y editor. Estudió Derecho en la Universidad Nacional Autónoma de México, donde fue miembro del taller de poesía de su compatriota Juan Bañuelos. Como docente, fue profesor huésped de varias universidades, entre ellas la de La Plata, Argentina, en 1992. Sus publicaciones de poesía comenzaron con “Muertos y disfraces”, de 1974. En 2007 publicó “El forastero en la tierra, 1970-2004”, su poesía reunida. Entre gran cantidad de premios se destaca el Xavier Villaurrutia, en 1992 y 1993; el Casa de América de Poesía Americana de Madrid, en 2005; el Iberoamericano Ramón López Velarde, en 2010. Tradujo a Charles Baudelaire, Arthur Rimbaud, Antonin Artaud, Umberto Saba, Giuseppe Ungaretti, Salvatore Quasimodo, Cesare Pavese, Carlos Drummond de Andrade y Nuno Júdice, entre otros).

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