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La Poesía Alcanza

Juan Bañuelos

 

   Viento de diamantes

 

                  La Eternidad está enamorada de las obras del tiempo.

                                                                                W. Blake

 

Lo mismo que Adán sumergido hasta la alondra del

      silencio,

   sucio de humana noche en que he caído, rompo todos

      los pronombres

   para tenderme en el día óseo de la plenitud.

Acudo ebrio de musgo y tulipanes hasta las criptas de

      las piedras

   o de los ríos secos, donde muerden el silencio cárabos

      crepusculares

   y en donde un hombre solitario se hinca.

 

Pisando soledad entro en el día, porque es dable a las

      criaturas

   ver su hora crecer para hallar luego algo de los mortales

   en un grano de arena. Más también bajo las gradas

      seculares y

diviso el humo de las chozas de los hombres,

   veo los caminos cotidianos, las nubes que anuncian el

      otoño

   y a la mujer grávida de su fruto sentada en su

      hamaca

   viendo pasar las horas.

                                         Y me muevo con las hierbas,

      y con el menor movimiento del caballo, y siento que

      dentro de mí corro

   como ese río que estoy viendo que avanza.

¡Y miro alejarse la carreta del último cosechador!

 

E igual que una palabra lanzada a la mitad del mar

   caigo en el seno del prodigio. Y como el minero que

      se cubre

   con las manos la faz cuando de pronto, ciego, reencuentra

      la luz

   así la dulzura levanta su toga y me envuelve temerosa.

¡Ay, el hombre soy y no lo había advertido!

   el amparado por dioses tutelares de la iniquidad, el que

      frecuenta

   y ronda tanto reconr taimado del polvo con su cauda

      de crines blancas.

¡El hombre soy, mas no me basta!

   porque el sol tiene su trigo en llamas y el mar tiene

      los ojos tocados por la gracia.

El hombre soy

   pero toda cosa nacida con la aurora, con ella muere,

y toda criatura que engendra la noche

      con ella se aleja porque oscuro es su linaje.

 

Todo pasa.

Y como el agua y el sol, también todo queda. Un silencio

   que se sienta a esperar el primer ruido. Nuestra imagen

   que se pierde y se encuentra como el humo que no es

      más que el eco del fuego.

No otra cosa que la espuma negra

que va haciendo el arado sobre la tierra.

Y lejos de la memoria del viento que dejaron las épocas,

   un olor de centeno y anís hace volver los pájaros.

 

Y porque el horizonte no es más que una hoja larga de

      perfil,

   dejo que mudas tribus de peces muerdan los guijarros,

   dejo que brille el hocico del jabalí en la noche

   y que bajo el zumbido de las abejas

   los bueyes trillen las mies.

      ¡Ay, reivindicación bañada en el ojo inocente!

      ¡Oh, exultación del mar sostenida en el resplandor!

¿De qué remoto sueño hemos caído? ¿Por qué somos una

     rueda que grita enloquecida? ¡Ah! Triste es nuestro

     paso, en verdad,

¡No más que olas somos! Nos levantamos brevemente…

para seguir siendo mar.

 

 

   Esta noche y sus viejos nómadas de blanco

 

Y todavía, todavía el ciego Tiresias va cojeando mientras

     recuerda al mar.

El astro de Quetzalcóatl anda buscando sitio entre la

     noche.

La noche con todas sus estrellas gira como un viejo

     molino de palomas,

y nosotros, resueltos ya en ruinas, de esta carroña deliciosa

sabremos ser tierra, sabremos ser fuego –sabré ser pájaro

     y su vuelo-

y consentiremos en nuestro propio corazón al hombre.

Ahora cerca del espíritu vamos a crear la palabra (un arco

     iris movido por el aire).

Que el tiempo nos separe como separa los días y las aguas,

que la palabra sea como la mano de Ananías y veamos

     por una sola vez,

por una, lo que no podíamos ver.

          Porque ¿qué es el crepúsculo

          sin los ojos del hombre?

          ¿Y qué es la pregunta sin que

          responda el que la sabe?

¡Ay, corazón, alégrate y deja tu palabra en mi boca!

   Hagamos nido en las llamas de la imágenes; que

          un grillo debajo de la lengua vigile el sueño de

          caracol del mundo

   mientras danzando, enloquecido el viento rasga sus

   ropas en los árboles.

¡Ay, corazón, alégrate, y ante un poco de agua del mar

          en nuestras manos,

   sintamos su grandeza al recordarlo!

Y porque nuestro tiempo no es tiempo para interrogar

         al Mar

   sino para poner su boca en el polvo,

y porque ¡ay! difícil es ver la hora desnuda de su arena,

   he aquí que un coro de lágrimas se oye en la noche

   y las estrellas tiemblan como párpados blancos en los

         ojos del agua.

-Mas un día oímos la voz de la humedad del río subir

   la sangre hasta la luz, y danzar astillándose en los

         corazones.

¡Ay, escribo sin medir camino ni palabras: no tropiece

         mi lengua para fundar el orden y la vida!

   Porque la vida es, y como la tierra, se embellece cuando

         arrojamos las semillas.

Sólo cuando construimos nos despojamos de la ebriedad

         de la tiniebla.

   -Duermen los siglos en las piedras y el silencio se hace

     tiempo;

   en el verano de los muertos, el adolescente es un peñasco

         estéril.

Sólo hila una tumba la arcilla que no conoce el agua.

Nosotros nos iremos por los viejos caminos transitados,

   por las vías donde desovan los reptiles, por donde

        se quedó

   una estrella que olvidó la noche recoger, por el lugar

        del sueño,

   por donde el colibrí canta y su canto es liquen que cae

        para formar nido en el ojo de un ciego.

¡Ah, esta noche y sus viejos nómadas de blanco!

 

 

   Anacreóntica

 

Colgué en sus labios el asombro.

Como un tigre violeta le sangraban los ojos.

Ahorré la luz debajo de su pelo.

Sol. Tertulias de sombra en sus pestañas

Rumoreaban como uvas de un lagar.

Reconstruí de súbito la fiebre,

Y el acoso flameaba entre sus medias.

Pequeña de los años –diecisiete-

Me despeñé desde su cuello

Cuando debajo del corpiño

Dos frágiles navíos

Se le iban a pique

 

(De “Poesía en movimiento, México 1915-1966”, selecciones y notas de Octavio Paz, Alí Chumancero, José Emilio Pacheco y Homero Aridjis, con prólogo de Octavio Paz, Siglo Veintiuno Editores, vigesimoséptima edición, Ciudad de México, 1998. Juan Bañuelos nació en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, en 1932. Estudió derecho, letras hispánicas y filosofía. Realizó una actividad literaria intensa en la Universidad Nacional Autónoma de México y en las de Chiapas, Guerrero, Querétaro y Sinaloa. Publicó sus primeros poemas como integrante del grupo La espiga amotinada. Publicó, entre otras obras, “Puertas al mundo”, “Espejo humeante”, “Destino arbitrario”, “A paso de hierba” y “Vivo, eso sucede”. Obtuvo el Premio Nacional de Poesía Aguascalientes, en 1968; el Chiapas en Arte, 1984; el Nacional Carlos Pellicer, en 2001; y el de Poesía José Lezama Lima, en 2005. Defensor de los derechos de los pueblos originarios, fue titular de la Comisión Nacional de Intermediación, que organizó mesas de diálogo entre el gobierno mexicano y el Ejército Zapatista de Liberación Nacional. Murió en Ciudad de México el 29 de marzo de 2017).

 

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