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La Poesía Alcanza

Día de los Trabajadores

 

      Carlos Hugo Aparicio

 

       Pedro Orillas

 

Qué pobre es el pobre Pedro Orillas

con su diario encararse a su jornal,

trabajando del alba hasta hora tal

que regresa a su casa de rodillas.

 

Su mujer y sus hijos, sus dos sillas

y su mesa de siempre, la cabal

del que nace sin nada y muere igual,

arrastrando el otoño en sus mejillas.

 

Quién se duele de él y su arrabal

y le ayuda en sus fiebres más sencillas,

quién le pone un cariño a su puñal;

 

nunca nadie, y siguen sus astillas,

y seguirán las rachas de su mal;

ay, qué pobre es el pobre Pedro Orillas.

 

 

   Canción del domingo

 

Todos los días son pozos

pero el domingo es un río,

Pedro Orillas abre el cielo

con su puerta, en el domingo,

y ve la luz cómo juega

de rodillas con sus hijos.

Toda su sangre despierta

de otro sábado con vino,

y la pena de la luna

en medio de sus amigos.

Pero los días son pozos

y tan ancho es el domingo,

que por ser Orillas siente

que adentro le pasa el río.

Por fin derecha la espalda,

sin esconder su silbido,

dueño del tiempo, saluda,

sin apuro a sus vecinos.

Paredes todos los días,

pero el domingo un camino

siguiendo el rastro de un árbol

y al pulso a solas de un grillo.

Oh corazón sin horario,

voluntad de lluvia, limpio

orgullo de hombre que clava

a su gusto sus latidos.

Pedro Orillas abre el cielo

con la puerta del domingo

y siente que sueñan alas

sus hombros sin otro oficio.

Todos los días son pozos

pero el domingo es un río.

 

(De “Pedro Orillas”, el suri porfiado, Buenos Aires, 2014. Carlos Hugo Aparicio nació en La Quiaca, Jujuy, extremo norte argentino, en 1935. La primera edición de “Pedro Orillas” data de 1965, y el músico Dino Saluzzi compuso una obra tomando esos textos como base. Es también narrador).

 

 

   Jacobo Rauskin

 

   La clase obrera ya tiene su museo

 

Son todos dentistas, policías, turistas.

Son curiosos curioseando.

Hay exposiciones, curadores hay.

La vieja fábrica es un museo abierto al público

en días de oficina y horas de museo.

El piso es puro mármol reconstituido, reimplantado.

El último obrero no ha vuelto,

dejó su ropa de trabajo.

La dejó colgada de un clavo de la memoria

a falta de pared.

La pared es textura saqueada.

 

(De “El arte de la sombra”, colección Pez Náufrago, Ediciones del Dock, Buenos Aires, 2011. Jacobo Rauskin nació en Villarrica, Paraguay, en 1941. Obtuvo en 2007 el Premio Nacional de Literatura. Es miembro de número de la Academia Paraguaya de la Lengua Española y miembro correspondiente de la Real Academia Española. Algunas de sus obras: "Jardín de la pereza", "La noche del viaje", "La canción andariega", "Alegría de un hombre que vuelve", "Fogata y dormidero de caminantes", "Adiós a la cigarra", "El dibujante callejero", "La ruta de los pájaros", "La rebelión demorada", "Espantadiablos", "Los años en el viento".)

 

 

   Pablo Neruda

 

   Obreros marítimos

 

En Valparaíso, los obreros del mar

me invitaron: eran pequeños y duros,

y sus rostros quemados eran la geografía

del Océano Pacífico; eran una corriente

adentro de las inmensas aguas, una ola muscular,

un ramo de alas marinas en la tormenta.

Era hermoso verlos como pequeños dioses pobres,

semidesnudos, malnutridos, era hermoso

verlos luchar y palpitar con otros hombres más allá

     del océano,

con otros hombres de otros puertos miserables, y oírlos,

era el mismo lenguaje de españoles y chinos,

el lenguaje de Baltimore y Kronstadt,

y cuando cantaron “La Internacional” canté con ellos:

me sabía del corazón un himno, quise decirles:

     “Hermanos”,

pero no tuve sino ternura que se me hacía canto

y que iba con su canto desde mi boca hasta el mar.

Ellos me reconocían, me abrazaban con sus poderosas

     miradas

sin decirme nada, mirándome y cantando.

 

 

   La huelga

 

Extraña era la fábrica inactiva.

Un silencio en la planta, una distancia

entre máquina y hombre, como un hilo

cortado entre planetas, un vacío

de las manos del hombre que consumen

el tiempo construyendo, y las desnudas

estancias sin trabajo y sin sonido.

Cuando el hombre dejó las madrigueras

de la turbina, cuando desprendió

los brazos de la hoguera y decayeron

las entrañas del horno, cuando sacó los ojos

de la rueda y la luz vertiginosa

se detuvo en su círculo invisible,

de todos los poderes poderosos,

de los círculos puros de potencia,

de la energía sobrecogedora,

quedó un montón de inútiles aceros

y en las salas sin hombre, el aire viudo,

el solitario aroma del aceite.

 

   Nada existía sin aquel fragmento

   golpeado, sin Ramírez,

   sin el hombre de ropa desgarrada.

   Allí estaba la piel de los motores,

   acumulada en muerto poderío,

   como negros cetáceos en el fondo

   pestilente de un mar sin oleaje,

   o montañas hundidas de repente

   bajo la soledad de los planetas.

 

(De “Canto General II”, Editorial Losada, Buenos Aires, octava edición, 1982. Pablo Neruda nació en Parral, Región del Maule, en 1904. Obtuvo el Premio Nobel de Literatura en 1971, y Gabriel García Márquez lo consideró “el más grande poeta del siglo XX en cualquier idioma”. Comenzó a publicar poesía a los 17 años. En 1924 publicó “Veinte poemas de amor y una canción desesperada”, que contiene algunos de los poemas que son conocidos mundialmente. Fue también un activo militante político de izquierda. Llegó a senador de su país pero tuvo que escapar al exilio. Murió en 1973 en Santiago, el 23 de septiembre, pocos días después de que el genocida Augusto Pinochet había asaltado el poder a sangre y fuego. Los motivos de su muerte siguen siendo, cuatro décadas después, objeto de dudas y controversias, pues hay denuncias de que fue asesinado por agentes de la dictadura en la clínica en la que estaba hospitalizado).

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