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La Poesía Alcanza

Javier Bozalongo

    

   Las consecuencias

 

De cualquier arco iris

se puede deducir una tormenta.

 

Cualquier adiós

fue antes bienvenida.

 

Los amantes merecen el descanso

sólo si son capaces

de avivar el incendio de sus cuerpos.

 

En tu risa puedo leer las lágrimas

que precedieron al abrazo

y en los pasos de cualquier madrugada

puedo escuchar cristales rotos.

 

 

   Opciones

 

Un amor que se hace o una cárcel de amor.

 

El sabor del pecado sin arrepentimiento.

 

¿Si te dan a elegir,

mentiras con limón o veneno con hielo?

 

El negro de tus ojos o un blanco hospitalario.

 

 

   Una casa en un árbol

 

Los mejores consejos son los que no se dan

y los besos más dulces siempre están por venir,

de manera que todo lo que sigue

son tan sólo palabras y puedes olvidarlas:

 

Una casa en un árbol no es imprescindible

para sentirse pájaro y volar libremente;

ni siquiera las alas resultan necesarias

para cruzar el cielo en busca de aventuras.

 

Basta cerrar los ojos

y cada amanecer es un salto al vacío.

La vida te saluda al abrir las ventanas.

Al comenzar un libro inauguras el mundo.

 

Que todas las estancias de tu casa

dispongan de la lumbre necesaria

para que no tropiecen aquellos corazones

que se acerquen con frío a tu refugio.

 

Si un día se hace leña todo lo construido

y llegas a sentir que está el futuro en llamas,

no confundas cenizas con escombros.

Atrévete a saltar descalza sobre el fuego.

 

 

   Inerme

 

A menudo me duermo en los laureles

y aromatizo con mi propio cuerpo

el arbusto que crece y que se enreda

alrededor de mí, vegetal e imposible.

 

Un árbol cuyas ramas crecen sin sol ni agua,

tan sólo alimentadas por la alucinación,

raíces que parecen espejismos

como espejismos son, en realidad,

los sueños que despiertos olvidamos.

 

Es cierto que me duermo en los laureles,

siempre con el temor de verlos convertirse

en coronas de espinas

por más que un árbol, todas las mañanas,

al golpear contra el cristal del sueño

me diga lo contrario, que no habrá recompensa

para los soñadores, ni para los injustos

-en este mundo plano, carente de matices-

habrá ningún castigo.

 

 

   El tiempo transcurrido

 

Hemos vivido años parecidos,

nos mojamos con idéntica lluvia,

compartimos un tiempo

que no era el que esperábamos.

 

Las mentiras se fueron adueñando

de las primeras páginas.

 

Nosotros, pescadores, fuimos al fin el cebo

que atrajo hasta la orilla tiburones famélicos

a los que alimentamos con nuestra propia sangre,

con nuestra débil carne.

 

Nosotros, soñadores, no tenemos motivos

para impedir que sigan trasnochando

las ganas de vivir y de beber.

Habiendo sido tanto,

no podemos ahora convertirnos en sombra.

 

 

   Quien lo probó lo sabe

 

De mis pasos nocturnos dará cuenta el olvido.

 

De la fugacidad de algunos cuerpos

apenas quedan huellas

que el agua desdibuja unas horas después.

 

De nombres susurrados en lo oscuro

sólo se oye un rumor

alfabéticamente derrotado

en las páginas tristes de una agenda.

 

De todo lo que fuimos

-tal vez sólo un instante

con vocación de eternidad-

son testigos ahora

unos cuantos relojes detenidos.

 

Del hombre que seré

aún no tiene recuerdos el futuro.

 

 

   Terragona

   (así que pasen veinte años)

 

Las ciudades con mar

se mueven por la línea de horizonte

que va trazando el agua con la costa

mientras dibuja un mapa de recuerdos

que acabarán por devorarte:

ola tras ola perderás tu infancia.

 

La espuma de la edad adolescente

-todo fuerza, valor y rebeldía-

al tocar la orilla se desvanece

mezclándose con el futuro.

 

No eres el hijo pródigo, no vienes a quedarte

aunque tu corazón

descubra en cada viaje

la mitad que olvidó

enterrada en la playa,

bajo el foso de un castillo de arena

que hoy no eres capaz de levantar.

 

Siempre hay alguien que viene a recordarte

-con su lengua afilada de reptil-

que no pasan en balde los años por tu cuerpo.

 

Pero aún así lo intentas:

tratas de adelgazar para que la serpiente

se envenene a sí misma a la primera vuelta,

y te dejas lucir en las cafeterías

como recién pescado del mar de otro verano.

 

Eres tú quien regresa,

quien decidió marcharse sin culpa ni dolor.

 

¿Y aún debes demostrar –cual Galileo

resucitado cada mes de julio-

que la tierra se mueve, que el mundo no se hizo

para aquellos a quienes caminar

no los aleja nunca del punto de partida?

 

(De “Otro hombre descalzo”, el suri porfiado, Buenos Aires, 2017. Este libro, con presentación en noviembre de ese año en la capital argentina, conformó un grupo de once ediciones con las que la editorial celebró diez años. Javier Bozalongo nació en Terragona, España, en 1961. Lleva publicados los libros “Líquida nostalgia”, “Hasta llegar aquí”, “Viaje improbable”, y “La casa a oscuras”. Con esta obra obtuvo un accésit del Premio Internacional de Poesía Jaime Gil de Biedma. También publicó las antologías “Nunca el silencio”, en Costa Rica; “Has vuelto a ver luciérnagas”, en México; y “Las raíces aéreas”, en Ecuador. Es director de Valparaíso Ediciones, que publica en España a autores latinoamericanas que de otra manera jamás llegarían con un libro a lectores de ese país. En 2017 se le adjudicó a Bozalongo el premio Blas de Otero).

 

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