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La Poesía Alcanza

Francisco Hernández

 

   A Juan Gelman

 

Su poesía está en el disco, señor Gelman,

me lo dieron como se obsequia

la ventana de un hospital.

Poesía, en ladino, esta vez.

Lenguaje dulce, música encubridora, originario

   espíritu.

Pero no pude escucharla en ese instante.

(A veces, cuando ya están dentro del féretro,

evitamos mirar las facciones de los seres perdidos.)

Por fortuna, al día siguiente disfruto del compacto.

Usted aparece.

Alto, más alto que cúpula o muralla,

llega al café con lentos movimientos

y con ese hilito de voz tan propio,

tan del sur profundo, recién salido

de un cigarrillo rubio.

Señor Gelman, ¿a qué sabe la primera cucharada

de exilio?

¿Cuánto duele su primer puntapié?

¿Lo vuelve a uno el destierro

un turista secreto, un muerto sin la muerte?

¿Y si lo llamamos desarraigo tiene entonces

el hocico de un perro

alimentado por tripas de inocente?

Supongo, don Juan, que también el exilio

es un aire fresco, liberador, un pasaporte,

el calibre de otra clase de arma,

un largo puente de sílabas donde la brisa,

donde la prisa, donde la risa es otra.

¿Y el bandoneón, señor Gelman, reducido a pedazos,

   es otra caricatura del exilio?

No lo distraigo más, admirado poeta.

El riachuelo que cruza por Nepantla

puede considerarse, gracias a usted,

un nuevo verso de sor Juana

y tres niños uniformados, recién salidos

del colegio, juegan a la rayuela

en el parque de enfrente,

sin saber nada de Cortázar,

ni de la Maga que en algún sitio los aguarda.

 

 

   A Wislawa Szymborska

   y Tadeusz Stanko

 

¿Escuchas, Wislawa, la música en el aire

apresada, y a pájaros ya libres, incluidos

en tu respiración

por la trompeta de Tadeusz Stanko?

Después de leerte, de subir y bajar

los peldaños de tu poesía, de conocer

tus respuestas a preguntas nunca formuladas,

se revela tu rostro delineado

por sonidos que lentamente se desmoronan al compás

de esos copos de nieve donde se humedecen

canales y vertederos de Cracovia.

Mejor lo expresa Stanko

con su lengua metálica:

“Sigues estando aquí, risueña en tu desvelo,

deletreando lo verdadero de la vida.

Así los otros instrumentos del cuarteto

determinan tu esencia y también

nos alertan de aquellos besos tuyos,

imposibles de traducir”.

 

 

   A Efraín Huerta

 

Muchas veces nos encontramos

en diferentes sitios,

aunque jamás nos vimos a la cara,

ni cruzamos palabras ni versos bien armados.

Su herida, la del cuello, era una cicatriz

de costuras metálicas que, en el momento

de mirar hacia arriba, en busca de pirámides

o circuitos interiores,

hacía posible otro género de ópticas:

aparecían polvosos vendavales, precursores

de la Serpiente Emplumada recién salida de su tumba.

“El incienso es sagrado”, me decían

los cascabeles de los danzantes.

“Mediante comisuras de humo

traza laberintos entre espectros verdosos

y destellos de pedernal”.

Todas esas palabras, de plano tan rituales,

me alertan, me libran, mi admirado Efraín Huerta,

de engañosas estrofas de talleres mecánicos,

donde la búsqueda de la originalidad

es tan obligatoria como castrante.

Respiro, pienso.

Cinco perros sin pelo, con uñas crecidas,

arañan la puerta. Abro. No hay nadie,

nada existe, salvo el tufo rabioso de los perros

y el título “Transa poética” bailando en el aire

como una rubia oxigenada, con el crespúsculo

poniéndole ritmo caribeño al fin de su espalda.

Después tiembla la tierra, agrietándose en serio,

similar a un bloque de hielo.

Cambio de canal o de sueño y soy iluminado por el

   desagüe:

un diputado se ahorca con el liguero

de una senadora, un par de narcos,

burlándose del miedo, disparan sus cuernos de chivo

contra las Chivas del Guadalajara

y la estatua de David salta de su pedestal

para tranquilizar a cuatro sexoservidoras

no familiarizadas con estas sacudidas:

dos soviéticas y dos provenientes de Croacia.

Mientras tanto, poeta Efraín Huerta,

yo permanezco en mi departamento,

testigo mudo con su libro en las manos,

a sabiendas de que, algún día,

haciendo a un lado mi pobreza de espíritu,

me atreveré a escribir unos versos oscilatorios

para usted y su obra.

Por el momento, utilizo estas palabras suyas,

Entremezcladas y trepidatorias, para despedirme:

“Estoy sin juventud, dolido, inexplicable,

tratando de avanzar entre restos de espejos vegetales,

muslos entreabiertos, cadáveres de alcohol

y mariposas de sangre, bajo la luz insobornable

de este país de oro y miseria,

donde las palomas, la amistad y la pólvora,

anidan en los ojos del pequeño

Niño Jesús de Praga”.

 

 

   Baudelaire en México

 

Escribes versos en francés.

Te sirve mi libreta.

La tinta es negra hasta que la usas:

entonces se vuelve roja.

A caballo, Charles Baudelaire cruza

la plaza Río de Janeiro,

rumbo al metro Insurgentes.

Tú lo ves y saltas, gritándole

lo que sientes por él.

¡Soy Jeanne Duval!, le dices,

sin aclararle el misterio de tu piel

ahora blanca.

Te quitas la minifalda

y lo saludas con ella,

como si se tratara de una bandera.

El poeta inclina su cabeza saludándote

y murmura palabras

para mí incomprensibles.

Te desmayas, caes sobre el sofá.

Uno de mis gatos se acerca oler

tu sexo.

 

 

   35

 

Cada día salgo menos, cada día veo menos.

Mi laptop tiembla por la fiebre, al igual que mi

   cuerpo.

Mis libros lucen páginas en blanco.

Abejas muertas flotan en el aire,

recorriendo los charcos de la memoria.

Paterson: río llamado Passaic

y cataratas de plumas blancas.

Garúa. Cóndor en alguna

frontera del espejo. Termómetro agrietado.

César Vallejo saca de su tumba a William Carlos

   Williams

y lo lleva a pasear por los jardines

en una carretilla roja.

¿Cuánto depende de este simple hecho, casi imposible

de ver, de dos poetas mojados por la lluvia

seguidos por pollos diminutos?

¿Cuánta poesía puede ser transportada

por una carretilla roja?

 

(De “Odioso caballo”, con ilustraciones de Alejandro Magallanes, Almadía Ediciones, Ciudad de México, 2016. Francisco Hernández nació en San Andrés de Tuxtla, Veracruz, en 1946. Estudió y trabajó en publicidad al tiempo que desarrollaba su obra poética. Su primer libro publicado es de 1974, “Gritar es cosa de mudos”. Entre más de veinte libros de poesía, se destacan “Mar de fondo”, que le permitió obtener en 1982 el Premio Nacional de Poesía Aguascalientes; “Moneda de tres caras”, con el que consiguió en 1994 el Premio Xavier Villaurrutia; y las antologías “Poesía reunida (1974-1994)”, y “Antojo de trampa”, de 1999. También obtuvo el Premio Internacional de Poesía Jaime Sabines, en 2005; el Iberoamericano de Poesía Ramón López Velarde, en 2008; el Mazatlán de Literatura, en 2010; y el Nacional de Ciencias y Artes en Lingüística y Literatura, de 2012).

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